Teatro político: entrada solo para desvergonzados

Los Santacloses electorales se avecinan sedientos de escalar un puesto más, un peldaño a la vez, en la carrera burocrática de la representación popular. Por ahí se sumarán algunos afortunados plurinominales, aunque estos quedan al margen de las fatigas de campaña: lejos de las simpatías del electorado, ya tienen asegurado el hueso y, lo que es mucho más importante, el sueldo. Benditos legisladores.

Llega la temporada de las promesas abiertas: desfiladeros de hambrientos de simpatía, acomplejados con trauma de artista e ínfulas de influencers que inundarán nuestras calles con sus mejores retratos y trapos, mientras abarrotan las redes sociales presumiendo sus grandes acciones y aún más grandes corazones. Bendito país electorero.

Santos por doquier, pertrechados con ideas monumentales e intenciones hercúleas. La nueva tanda de salvadores que promete saber hacer lo que nadie más supo hacer en el pasado. Entusiastas y pioneros a los que solo les faltaba —exactamente igual que a sus antecesores— un pequeño espacio de poder para, ahora sí, cambiar al país.

Espectáculo abierto, o en justa simetría con la consigna de Hermann Hesse: «Teatro político... ¡sólo para desvergonzados!», cuya entrada nos cuesta la razón. Como ocurre en la vida política de cualquier nación que guste de las mieles de la democracia, a nosotros no nos queda más que resignarnos como espectadores fastidiados a los que se les regalará una piedrita para depositarla dentro de la urna, únicamente para solemnizar las payasadas al final del asunto. Resignación probablemente parasitaria.

En cuanto al resto, a los politizados —miembros de su respectiva tribu partidista a la que defenderán con un desesperanzador clamor político, absolutamente desmoralizante para nosotros, los espectadores—, imagino que estas fechas simbolizarán una temporada de oportunidades y mejora con un enfoque, evidentemente, narcisista. Y con su malentendida actitud de hincha pendenciero —capaz de ver las cosas de una sola manera— alimentarán la división con un gusto incomprensible desde la civilidad y perfectamente entendible desde el colectivismo retrógrada.

Sí, empieza una nueva temporada electorera que se lleva, como en los ciclos anteriores, un poco más de esa civilidad, oralidad, comprensión y unidad que tal vez nunca existieron, dejando tras de sí un hueco divisor más grande y un hambre de odio al contrario; amén de las ideologías.

—Este que Escribe

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