Capítulos menores del desencanto
Se cumple un año más de esa cacareada «renovación partidista» que nos vendieron con tanta altanería y folletos a todo color. Iban a ser, según sus propias proclamas de campaña, el arquetipo de una voraz e irreductible fortaleza opositora. Y heme aquí, sentado en la banqueta del tiempo, viendo cómo todas esas promesas rimbombantes se eclipsan con la misma lentitud desesperante, casi geológica, con la que avanza la fila del banco un día de quincena, descubriendo con una mezcla de aburrimiento y alivio que a nadie le importa.
Supongo que el desencanto electoral crónico trae consigo la extraña paz de las causas perdidas; una falsa decepción, a fin de cuentas, porque para que algo te decepcione de verdad, primero tuvo que haberte importado un mínimo. Hoy en día, invocar la solemne «lealtad al partido» es un concepto tan manoseado, cínico y absurdo que ya solo resulta equiparable al amor ciego de un hincha de equipo de fútbol que lleva décadas sin ganar absolutamente nada. Ya no simboliza patria, ni futuro, ni ideales; no es más que una calcomanía percudida en el vidrio trasero de un auto atascado en el tráfico.
Nos queda, pues, el triste ritual de sentarnos a esperar a que terminen de ungir a los nuevos salvadores de la patria en el mismo mitin calcado, fotocopiado y estéril de la elección anterior. Y cuando hablo de calcar, me refiero no solo al discurso predecible y a las poses ensayadas frente al espejo, sino —lo que es todavía peor— a los propios asistentes, esa fauna corporativa que parece comprada al mayoreo y que hasta se peina y viste de la misma manera, como si compartieran un manual de instrucciones para la sumisión.
Tampoco es que conozcamos demasiado de ideologías —que a estas alturas del partido, perdidos en este laberinto de ocurrencias, ya me parece un rayo de luz en medio de la más absoluta oscuridad—, ni falta que hace. Las hemos sustituido con singular alegría por el color del chaleco sexenal y por una colección de palabrejas burdas, que no son más que una pálida e infantil imitación del líder en turno, ese que no hace sino pavonearse por los pasillos del poder con su bien cultivado complejo de caudillo tercermundista.
Al final, con la misma infalible certeza acústica que el altavoz del fierro viejo que cualquier mexicano carga ya grabado a fuego en la memoria colectiva, se planta el candidato con la cara más seria del mundo a recitar su perorata fastidiosa. Es una coreografía ensayada que nunca falla: ataques simplones y burlescos al adversario de enfrente, alguna promesa económica tan clásica y vacía como la paz intergaláctica, un chistecito malo de sobremesa para ganarse a la audiencia y, para rematar el número circense, un abrazo forzado, sudoroso y estratégicamente fotografiado al anciano o al bebé más cercano que pasaba por ahí. Aleluya.
De eso de la «renovación» no sabemos absolutamente nada en este país; lo nuestro es más bien una patología social, una tendencia crónica e incurable hacia el síndrome de Estocolmo partidista. En el fondo, quizás nos sentimos mucho más cómodos tachando una y otra vez los mismos nombres gastados en la boleta, sin importar demasiado que cambie el trapo que los cobija. Y es que, pensándolo bien, la neurosis electoral se reduce siempre al mismo y triste consuelo pueblerino: más vale —supongo— chapulín conocido que cucaracha nueva por conocer.
—Este que Escribe