La farsa de las coaliciones
Qué le van a contar al candidato de a pie, que llegó con convicciones doctrinarias genuinas y hoy se halla supeditado al perpetuo dedazo disfrazado de consenso popular. Al final, da igual si cree o no en la ideología oficial: se traga el preempaquetado partidista y aplauden. Las coaliciones, por desgracia, se han vuelto la última moda. Un clavo más en el ataúd de la pluralidad y un ruidoso vitoreo al colectivismo de masas.
Cabe imaginar que la indignación de las anémonas partidistas es lo suficientemente grande para hacerse notar, pero lo suficientemente pequeña como para no quedar a la deriva, fuera del reparto de la marca madre que las alimenta. En este escenario, el ejemplo se clarifica de inmediato en el oficialismo: un coro obediente que apenas conserva la voz justa para repetir lo que se le ordena.
Algunos, es verdad, parecen más habituados a la sumisión que otros. El Verde, por ejemplo, transita por la genuflexión con una naturalidad casi botánica; el PT, en cambio, finge de vez en cuando un prurito de incomodidad, un repentino recelo que no pasa de ser un amago de rabieta. Conviene no olvidarlo: el éxito de su fundación y su crecimiento por la vía lenta se debe exclusivamente a esas generosas alianzas coalicionistas que el partido hegemonía ha tenido a bien regalarle en el platillo de la mesa grande.
Sin embargo, en los últimos meses, al compás del relevo en la administración morenista, da la impresión de que al viejo Partido del Trabajo le empieza a apretar el zapato, o que el traje de comparsa ya no le sienta con la holgura de antaño. No es para menos. Cuando el pragmatismo se institucionaliza y se convierte en la única doctrina de Estado, los satélites descubren que su margen de maniobra se reduce a la nada misma.
Porque a fin de cuentas, la coalición perpetua no busca sumar cerebros ni contrastar proyectos de nación; busca uniformar el paisaje hasta borrar cualquier rastro de disidencia interna. Nos venden la ilusión de un bloque monolítico, indestructible y armónico, cuando lo único que hay detrás es una fría transacción aritmética donde los principios se intercambian por diputaciones plurinominales y cuotas de poder regional. Los partidos aliados se vuelven rehenes de su propia comodidad: prisioneros de una marca más grande que los consume y de una inercia que les impide caminar por su propio pie.
Al final del día, el elector asiste a una representación donde los actores olvidaron el libreto original. Ya no compiten visiones del mundo, sino estructuras de maquinaria electoral aceitadas para aplastar la deliberación pública. Y mientras la partidocracia celebra su matrimonio de conveniencia, la democracia se va quedando hueca, reducida a un desfile de siluetas sin rostro, aplaudidas por un gris que ya ni siquiera recuerda qué era lo que alguna vez se defendía.
—Este que escribe