Resulta paradójico —si no francamente cínico— apelar al fervor patrio desde un balcón cuando la soberanía nacional se erosiona en dos frentes simultáneos: el asedio de un intervencionismo norteamericano que condiciona la política interna y el repliegue de un Estado que parece haber perdido la batalla fundamental contra el narcotráfico.
Lanzar vítores por una independencia nacional mientras se adolece de un Estado de derecho inexistente no es más que una incongruencia trágica. Es una pena que el mito fundacional de nuestra república haya quedado reducido a una pantomima diseñada para saciar el hambre de la masa partidista en turno; un espectáculo que segrega y condena —en abierta contradicción con cualquier espíritu republicano— a todos los demás: a los apestosos, a los herejes y a los malpensados que, según la narrativa oficial, se atreven a frenar el progreso del país.
Se llenarán las plazas de todos los municipios y estados, se ahogará el Zócalo de la Ciudad de México; el nacionalismo de ocasión emborrachará a los presentes y el malsano, enfermizo amor partidista terminará por atolondrarlos. Pero, por sobre todas las cosas, se ignorará por una noche —como en el resto de las noches— el dolor de nuestro territorio.
Allá muy al fondo, al borde del jardín de la plaza, se perderán entre tanta «independencia» y tantos «vivas» las víctimas marcadas —como oposición—, vagando solas y acosadas por la noche, como el asesino de Düsseldorf.
Reducida nuestra independencia a una atracción turística para jubilados estadounidenses fanáticos de los parafernálicos desfiles, a un bufete de garnacha que consumimos todos los días de todos los años y a la marea de comentarios de ocasión —con sus datos curiosos alimentados por los Zunzuneguis del país—, la patraña patria se asemeja cada vez más a una producción de Disney: una caricatura edulcorada, folclórica y colorida, diseñada para escenificar un orgullo hueco de charro.
Al apagarse las luces de bengala y disiparse el humo del escenario, la escenografía folclórica volverá a su empaque hasta el siguiente septiembre. Nos quedará entonces el saldo real: un patriotismo de aparador que sirve para entretener a la masa y complacer al mandatario, mientras en las calles la soberanía sigue siendo esa palabra vacía que ni el grito más sordo alcanza a rescatar.
—Este que Escribe