¿Tanto miedo le tienen a un comentario?
Siempre me ha parecido risible que se les llame estrategas a aquellos desvergonzados abusivos que tuercen, cambian e ignoran las reglas para salir victoriosos. Los tenemos de sobra: todos esos listillos de la política que se escudan en argumentos demagógicos y conductas populistas; personajes a los que se les aplauden sus ocurrencias mañosas desde bancadas y colectivos que se hacen de la vista gorda, al igual que los ciudadanos que votaron por ellos y que hoy se comportan como hinchas intransigentes al vitorearlos.
Tienen el descaro de presentarse en medios para defender su punto de vista —y no es su derecho a hacerlo lo que se debate— con hipócritas argumentos que dejan fuera las problemáticas de un país que, desde que es país, lucha por mantener su institucionalidad. Se dicen constitucionalistas —como es el caso del diputado Monreal—, en menoscabo del daño que provocan sin mucho remordimiento —si es que lo hay— a la ley suprema. Hasta cara y voz de preocupados hacen cuando nos presentan sus novedades ideas troyanas.
Lejos de señalar la selectividad de sus reformas —sello insignia de la cuarta transformación que ya no debe sorprender a nadie—, así como su falta de respeto a las instituciones que alguna vez los favorecieron, me resignaré a analizar el nuevo cisne negro del próximo periodo extraordinario.
El artículo 41 constitucional, importantísimo, entre otras cosas dicta los supuestos del sistema de nulidades de las elecciones federales o locales por violaciones graves, dolosas y determinantes en los siguientes casos:
Se exceda el gasto de campaña en un cinco por ciento del monto total autorizado;
Se compre o adquiera cobertura informativa o tiempos en radio y televisión, fuera de los supuestos previstos en la ley;
Se reciban o utilicen recursos de procedencia ilícita o recursos públicos en las campañas.
Siendo de preocupación general para los morenistas los resultados de las próximas elecciones, era de esperar que tuvieran cuanto antes un nuevo seguro de vida. Ya se nota el nerviosismo ante la «injerencia» extranjera, que incomoda con sus señalamientos de difícil desmentido para la actual y anterior administración federal. Es por eso que a la lista anterior de supuestos —ignorando las leyes accesorias—, se pretende agregar uno más:
«Se acredite la injerencia extranjera a través de comentarios, expresiones o campañas mediáticas que busquen influir en las preferencias electorales».
Se sobreentiende, entre otras cosas, la falta de objetividad cuando hablamos de «comentarios y expresiones». De paso, brilla su malentendido concepto de soberanía: altamente maleable y, como no puede ser de otra forma, convenientemente nacionalista. ¿Tanto miedo le tienen a un comentario? ¿O a la calificación de sus resultados? «El pueblo tiene todo el derecho de castigar con el voto a quienes no le cumplen», creo que decía Andrés Manuel; quien, dicho sea de paso, jamás se tentó el corazón para opinar a favor de su bloque ideológico más allá de nuestras fronteras. ¿Cuántas elecciones —de haberse aplicado una reforma así en Sudamérica— se habrían anulado por su culpa?
Esta ligereza no es un tropiezo inocente. No es la primera vez que el sistema electoral se enfrenta a causales no cuantitativas; ya en el año 2000, el Tribunal Electoral fijó un parteaguas histórico al anular la elección para gobernador en Tabasco por violación a los principios constitucionales. Sin embargo, aquel quiebre jurisprudencial exigió demostrar de forma plena un aparato sistemático, grave y generalizado que destruyó por completo la equidad de la contienda.
El abismo entre el rigor de ese precedente y la propuesta actual es monumental: hoy se pretende rebajar la máxima sanción democrática —la invalidez del voto— al terreno de la simple opinión externa. Ahí radica el verdadero peligro de este nuevo berrinche legislativo: la trampa no está en proteger la soberanía frente al extranjero, sino en asfixiar la certeza jurídica en casa, asegurándose de que el voto ciudadano solo sea válido cuando al oficialismo le convenga ganar.
—Este que escribe