Dados contra la pared

Sin lugar a dudas, para MORENA, esta fue una semana de quemar comodines sin obtener resultado; terminaron por desgastar una disciplina partidista de la que disfrutaron con abuso y, de paso, arrastraron la imagen de control institucional —que ya pendía de un hilo— que se pretende transmitir, en especial ante los ojos extranjeros, hoy más atentos que nunca. Como una remembranza priista de sus peores años (no estos, sino los anteriores), los vemos perder el timón de un poderío mayoritario ante las consecuencias de una exagerada falta de responsabilidad institucional.

Fracasaron por partida doble en la Cámara de Diputados. Primero, con la desafortunada propuesta de Ricardo Monreal y su leonina reforma: tal vez un desesperado golpe al aire para defender a los suyos del mal augurio que ya se pronuncia en el tablero internacional; y con esto me refiero, claro está, a las amenazas —o mejor dicho, avisos— de intervención estadounidense. Esa es una de las lecturas posibles de por qué alguien que se presume constitucionalista presentaría un texto plagado de ambigüedades dolosas e infructíferas. Dudo mucho que se trate de una estratagema genial o, por el contrario, de un simple distractor de asuntos más urgentes, como las implicaciones de los plazos para las votaciones del Poder Judicial. Aunque, por supuesto, en este teatro todo es posible.

En segundo término, aunque no menos relevante, se les escapó —momentáneamente— de las manos la gobernadora Maru Campos, a quien se satanizó desde el oficialismo por su supuesta implicación con agentes de la CIA. De no ser porque, entre tantos negritos en el arroz, saltó a relucir el gobernador Rocha Moya, señalado como marco político no solo por los Estados Unidos recientemente, sino por opositores locales, muchos de ellos víctimas directas de la violencia. Ahora libre del desafuero, se escapa parcialmente de la raja política de la que pudieron disfrutar voceros morenistas durante estas semanas.

Al final, la pirotecnia de esta semana nos deja una moraleja tan antigua como el absolutismo: no hay mayoría numérica que resista el peso de sus propias contradicciones cuando se gobierna sin brújula técnica. Intentaron levantar barricadas contra el exterior y abrir boquetes en la oposición, pero terminaron mirándose en el espejo incómodo de sus propios gobernantes. La disciplina partidista, como todo resorte que se estira en demasía, ha perdido su elasticidad. El oficialismo ha descubierto, para su propio pesar y ante la mirada escrutadora del mundo, que jugar a la omnipotencia legislativa suele ser el camino más corto hacia el ridículo institucional.

—Este que escribe

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