Sumidos en la miseria del hambre electoral

Fanáticos de los «cambios democráticos» —malentendidos por un pueblo acostumbrado a la monotonía de gobernantes—, disfrutamos ahora de los frutos radicalizados de una fiebre de castigo de casilla y, consecuentemente, aguantamos el desvergonzado ojo distraído de aquellos hombres y mujeres que con el pulgar entintado marcaron, dos veces, el rumbo de nuestro país.

Y sí, por supuesto que cualquiera puede señalar la irresponsabilidad de votar con el estómago lleno de coraje o, desafortunadamente, vacío; de dejarse llevar por las tendencias y volverse parte de la masa. Ahora, víctimas de su propia terquedad, defienden su decisión con indiferencia, no por ello menos conscientes u omitiendo la situación y, en algunos casos, visceralmente satisfechos. Son una masa de descarga que se consiente a sí misma, no necesariamente a sus líderes; en otras palabras, se protege de la siguiente masa de acoso que, tarde o temprano, siempre se avecina.

¿Cómo podemos identificar a estos dos grupos? Claro que es más sencillo ejemplificar con asuntos coyunturales. Por un lado, tenemos a la masa morenista, que decide hacerse de la vista gorda ante señalamientos comprometedores, como la existencia innegable de narcopolíticos —asuntos que, dicho sea de paso, los votantes no tendrían por qué asumir como un ataque personal—. Quizá se trata de un síntoma tribalista de autopreservación grupal: llegan ya no solo al absurdo de ignorar la realidad con la bandera de la anticorrupción en la mano y los pies sobre el pedestal de la moralidad política, sino que ahora defienden y se contradicen dogmáticamente. Es esta desesperada táctica de supervivencia colectivista lo que genera, precisamente, la masa de acoso que eventualmente ocupará el lugar de la anterior.

Y así llegamos al contrario, que desde la acera opuesta opera bajo la misma lógica ciega, esperando agazapado el momento del linchamiento político, repitiendo el mismo vicio de reaccionar con la bilis y no con la razón.

Se le pueden cargar al elector todos los males habidos y por haber, pero eso sería igualmente irresponsable: no distraigamos la atención en el rebaño —al que cualquiera pudo pertenecer— y enfoquémonos en el pastor, que se aprovechó de una sociedad politizada pero no conscientizada. Acostumbrados a ser escuchados, esos pastores recitarán cualquier cantaleta para justificarse. Lamentablemente para ellos, la terca realidad nacional no tarda en encumbrarse.

Por eso he mencionado más arriba que los votantes no tendrían que sentirse víctimas del los señalamientos a las figuras políticas que eligieron. Retomando la instrucción de este pequeño texto; somos una sociedad que fanatiza sus «cambios democráticos. Entender que el juicio a un narcopolítico no es un agravio contra quien cruzó la boleta es el primer paso para romper el hechizo tribal. Si el elector insiste en mimetizarse con el gobernante, la democracia se reduce a un eterno cambio de verdugos disfrazados de salvadores. Al final, la terca realidad nacional seguirá ahí, inmune a los dogmas, esperando a que el rebaño despierte de su embriaguez colectiva y asuma que el verdadero poder no radica en blindar al pastor, sino en exigirle cuentas.

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