Soberanía de Azúcar
Los socialistas le ponen alfombra roja a una corporación privada en aras de las «convivencias internacionales». Se les olvida, convenientemente, su defensa insignia de la soberanía; ese orgulloso criterio con el que reciben informes o recomendaciones de los 'malvados' e «antisoberanos» organismos internacionales a los que, en flagrante contradicción con nuestra hambre de nacionalismo, nosotros mismos nos suscribimos.
No éramos capaces de soportar las ofensivas advertencias cuando del manejo de nuestro Poder Judicial se trató. Para combatir a los injerencistas, el gobierno mexicano se pinta solo y se pone al pie del cañón. No nos echamos para atrás, aunque de mejorar el país se trate; ¿a quién le importa, por ejemplo, solucionar las fallas dogmáticas que representa la prisión preventiva oficiosa? Al parecer, para el orgullo nacional, es preferible mantener las cárceles llenas de inocentes sin sentencia que cometer el pecado de escuchar al extranjero.
Pero como siempre, el paso del tiempo resulta inclemente para los tercos; adelantando unos meses nos dimos cuenta que el nacionalismo azteca es de azúcar. Nos hicieron creer que se romperían antes de escuchar a cualquier «extraño enemigo»; afortunadamente, su integridad —demasiado flexible para los estándares mexicanos del siglo XIX— relució al llamado de una corporación privada. El mismo gobierno que se rasga las vestiduras —aunque se trate de pantomimas— frente a las recomendaciones de Ginebra o Washington, no tuvo reparos en firmar las "garantías gubernamentales" exigidas por la FIFA para el Mundial.
Vaya paradoja. Para los defensores de los derechos humanos no hay concesiones en nombre de la soberanía, pero para los patrocinadores del fútbol se despliega una alfombra roja regulatoria. Bastó que una corporación privada suiza chasqueara los dedos para que el Estado mexicano pusiera a su disposición exenciones fiscales exclusivas, operativos especiales de seguridad pública —blindando estadios mientras el resto del país se desangra— e incluso decretos oficiales para paralizar ciudades enteras, suspendiendo clases e imponiendo el trabajo a distancia solo para que la logística del negocio no se colapse.
Al final, la lección de la retórica oficial es clara: la soberanía en el México contemporáneo no es un principio constitucional inquebrantable, sino un asunto de tarifas y entretenimiento. El patriotismo se defiende con garras ante los jueces que piden justicia, pero se disuelve con una sonrisa ante los empresarios que traen un balón. Nuestra soberanía no se perdió; simplemente se vendió al mejor postor en la cancha internacional.
—Este que Escribe