El patriotismo de fachada
El patriotismo, un síntoma más de los «ismos», opio del colectivo, es la excusa predilecta de los gobiernos incompetentes que se indignan cuando son señalados por sus equivalentes internacionales u interesados organismos pertenecientes al mismo orden.
No solo se muestran indignados nuestros dirigentes ante las normas, lineamientos, estándares y demás principios que dictan los tratados a los que nos atenemos como nación «funcional» del orbe; también tienen el descaro de invocar la doctrina internacionalista de nuestro pasado —ahora conformista—, que ya se ha difuminado en la incompetencia de nuestros gobiernos —por no mencionar la propia, como votantes—.
Ya no les basta con descartar los señalamientos internos —que me parecen más dolorosos que los externos, aunque no tan vergonzosos, pues esos se ignoran con mayor facilidad— o con ignorar los internacionales. Siguiendo la lógica de esta era política, marcada por un populismo precario e infantilizado, se persigue una serie de microconflictos revanchistas, suerte de berrinche público, para descalificar al contrincante.
Recientemente, la visita de Díaz Ayuso ejemplifica a la perfección lo que trato de expresar. Lejos de posicionarme a favor o en contra de los involucrados en este debate binario que ronda la conquista de América —y que siguen reavivando por razones no altruistas—, me enfocaré en desmenuzar la visita como reflejo de la precarización de la política.
Como mandada del cielo, llegó la funcionaria madrileña a robarse la atención de problemas más relevantes (tanto para mexicanos como para españoles) que debatir sobre las buenas intenciones de Hernán Cortés. Supuestamente cobijada bajo una agenda de promoción económica e inmobiliaria para su región, la presidenta madrileña terminó desplegando una táctica politiquera agresiva, con comentarios desafortunados e imprudentes para alguien que representa la institucionalidad de su país.
Ante la provocación, la respuesta del oficialismo mexicano fue tan predecible como lastimera: morder el anzuelo de la indignación sagrada. El gobierno federal no dudó en desempolvar el discurso del agravio histórico para lincharla mediáticamente, desatando una esquizofrenia ideológica bilateral. Por un lado, Ayuso cruza el Atlántico para exigir que abracemos el legado de Cortés como un acto de "hermandad y civilización"; por el otro, el oficialismo local reduce la identidad nacional a un trauma de hace quinientos años.
La ironía de este patriotismo de fachada radica en su amnesia selectiva. ¿Qué pasaría si un gobernador mexicano viajara a Madrid a dar conferencias elogiando al general musulmán Táriq ibn Ziyad, quien en el año 711 desembarcó en Gibraltar e impuso las ideas y leyes del islam sobre la España visigoda? El nacionalismo español —donde militan Ayuso y sus aliados— saltaría enfurecido tachándolo de provocación, pues para ellos la invasión árabe es una herida histórica que etiquetan como "barbarie", a pesar de que Al-Ándalus dotó a la península de la ciencia, la arquitectura y el idioma que hoy la definen.
El problema de fondo es que toda esta pirotecnia identitaria cumple su verdadero cometido: distraer. Discutir sobre los matices de la Conquista no exige rendición de cuentas, ni requiere diseñar políticas públicas, ni obliga a cumplir con los estándares globales de certeza jurídica. Mientras las élites políticas de ambos lados del Atlántico se alimentan mutuamente con discursos de consumo interno, el ciudadano de a pie observa un espectáculo estéril que paraliza el verdadero progreso nacional e internacional. Al final, el patriotismo de manual es el último refugio de la incompetencia: un teatro montado para que sigamos aplaudiendo los fantasmas del pasado mientras el presente se cae a pedazos.
—Este que escribe