La soberanía en el fango: El secuestro de un concepto frente al narco

La soberanía se invoca a diestra y siniestra como eslogan de campaña anticipada y defensa hegemónica autoritaria. Convenientes son las interpretaciones y conformista la respuesta, equivalente a una justificación lastimera al gran problema de nuestro país: el narcotráfico. La palabra ha perdido su autoridad y su significado se ha extraviado en la basura politiquera, como el resto de conceptos y principios identitarios de una república democrática como la nuestra. La democracia, ya perdida en el clientelismo, como los contrapesos institucionales que se ahogan en la marea magenta; la confianza en las instituciones, que ya se va asemejando a un síndrome de Estocolmo malsano.

Y ahora, como salida del lodo, se nos ha presentado durante meses una fingida lucha por la soberanía en el terreno internacional frente al vecino del norte. Aunque esto signifique —haciendo un correcto uso del término soberanía, entendida según Hermann Heller como la capacidad suprema de unidad de decisión y acción de un Estado— una facultad que no solo se defiende hacia afuera, sino que se ejerce hacia adentro. Dejando de lado al jurista alemán, por razones de soberanía, me remitiré a citar nuestra Constitución:

«Art. 39.- La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno».

Letra muerta que define nuestro derecho a legitimar el sistema que nos rige. No para escudar a nuestros gobernantes en un muro diplomático, ni para armar a la oposición con peligrosas solicitudes al extranjero. No. Es una carga de responsabilidad para con nosotros mismos.

Y sí, hoy nuestra soberanía se ha vulnerado. Si entendemos que el gobierno, la población y el territorio son los elementos que conforman un Estado, que la soberanía emana del pueblo y que esta no solo se proyecta al exterior, sino al interior de igual manera, no podemos negar que el narcotráfico lastima los tres elementos antes mencionados y, consecuente e irremediablemente, a la soberanía misma.

Durante años, que para mi generación es un «desde siempre», el actual oficialismo, en su no tan antigua tesitura de oposición, no dudó en señalar a las autoridades de ineptos con dolo cuando del narcotráfico se trataba; de formar campañas que ayudaron a alumbrar, parcialmente, años de corrupción. Sin embargo, ahora, tras siete años de gobierno y con un país peor del que encontraron en muchos sentidos, parecen olvidar el tamaño de la vara que usaron para medir a sus contrincantes políticos.

La soberanía no es un concepto estático para archivar en los libros de texto, ni una moneda de cambio para el discurso mañanero. Es la exigencia viva de un pueblo que reclama el control de su destino, de sus calles y de su paz. Si permitimos que el oficialismo siga usando la soberanía como un velo para ocultar la entrega de territorios al crimen, o que la oposición la use como pretexto para la parálisis, terminaremos por perder la República misma.

Es hora de rescatar las palabras del fango politiquero. Reconocer que nuestra soberanía está herida es el primer paso para sanarla. No necesitamos muros diplomáticos ni justificaciones lastimeras; necesitamos un Estado que entienda que su única soberanía real es aquella que se ejerce garantizando la vida y la libertad de quienes lo conforman. Al final del día, la vara con la que midieron será la misma con la que la historia, y nuestra generación, los juzgará.

—Este que escribe

Siguiente
Siguiente

El Doble Rasero como Doctrina