No por darle la espalda a una figura contaminada se resarce el daño ni se purifica a quienes en su momento gritaron a su lado. La estratagema aparenta un falso sentido del deber que supuestamente se coloca por encima del interés partidista para asumir las responsabilidades de la Presidencia. Sin embargo, este giro de espalda a Rubén Rocha Moya equivale a no hacer nada: es la simulación que hoy celebran los voceros que antes dudaban al defender a cualquiera con la playera de Morena. No basta con desmarcarse a destiempo; de ahí que la maniobra no convenza y deje una pregunta inevitable: ¿por qué no lo hicieron antes?
Dan pasos a medias solo cuando la presión se vuelve insostenible. Cabe preguntarse qué más tiene que pasar para que finalmente cooperen con una investigación seria que ayude a esclarecer el asunto. ¿Hasta dónde llegará la complacencia institucional antes de que la complicidad sea inocultable?
Ante la crisis, el político irresponsable —ese que está desinteresado en la defensa del Estado de derecho y preocupado únicamente por mantener la ilusión de imagen que diseñó para su propio ego— se retrata entero. Su respuesta no es el liderazgo, sino la media tinta: la postura del cobarde que espera a que pase la ola para ver de qué lado queda mejor parado. Se adhiere al poder con la misma ligereza con la que pretende lavarse las manos cuando el viento sopla en contra, olvidando que la omisión deliberada también es una forma de conducta criminal.
Resulta irreal que incluso el llamado a la justicia no sea más que una treta infructuosa. ¿Dónde queda el ciudadano? Reducido a un simple espectador de esta comedia trágica donde a diario los políticos disputan quién señala al que tiene el calzado más sucio y, en el peor de los casos —el remate de la broma—, quién lo tuvo peor. La agenda pública se ha convertido en un circo de acusaciones cruzadas donde la impunidad no se combate, simplemente se administra según la conveniencia del calendario electoral.
Esta actitud del delator acorralado, que simula sordera ante el clamor público y pretende hacer como si nada hubiera pasado, dista mucho de ser un paso en la dirección correcta. Es apenas el síntoma de una descomposición social más profunda: la del cinismo de una cúpula ahogada en su propia sobrepolitización, incapaz de sentir un mínimo de vergüenza republicana.
Solo nos queda dar un paso atrás y contemplar la ironía: la clase política redescubre su sentido de la ética únicamente cuando desde el extranjero los pican con un palo. Mientras tanto, chillan por una soberanía de conveniencia y se envuelven en la bandera, pretendiendo vender sus mezquinos baby steps como si fueran una verdadera estrategia contra el crimen organizado.
—Este que Escribe