El costo del contagio
El respaldo de partido ya no alcanza para maquillar los pecados de sus representantes más incómodos. Así lo demostró el penoso episodio que se suma a la vergonzosa carrera del nuevamente gobernador en licencia, Rubén Rocha Moya, y el giro de espalda que le dieron sus camaradas, quienes, dicho sea de paso, se sirvieron de sus respectivos espacios para defenderlo en más de una ocasión tres meses atrás. Para aquellos simpatizantes que pensaban que se trataba de una vocación propia de sus voceros —oficiales y no—, quedaron defraudados.
Dudo mucho que este distanciamiento refleje un golpe de conciencia para con la nación. Me parece, más bien, un prudente paso al lado que dista mucho de una colaboración febril en contra del crimen organizado. Y si bien pudiera pasar por todas esas cosas, lo juzgo sintomático del miedo a la rendición de cuentas: nadie quiere verse salpicado.
En especial cuando la embestida de las revocaciones de visas se sigue desarrollando, probablemente como el primer paso de una estratagema más grande. Son tiempos de limpiar el currículum y deslindarse de los apestosos.
Ya quedan por ahí las teorías que giran alrededor de tan desagradable desliz. ¿Un movimiento desesperado? Sí. ¿Hambre de fuero? Probablemente. Nunca podremos tener la seguridad del porqué de las motivaciones del susodicho. Lo cierto es que detrás de la urgencia por un espacio en la boleta o una licencia de último minuto no hay ideología ni lealtad al proyecto; hay un cálculo elemental de supervivencia.
El pánico a la "contaminación por asociación" ha desatado una purga silenciosa dentro de las propias filas. Cuando Washington aprieta la tuerca y la inteligencia bilateral deja de ser una amenaza abstracta, el fuero constitucional se revela como lo que siempre fue: un escudo de papel incapaz de frenar expedientes internacionales. Quienes ayer aplaudían discursos sobre la soberanía y se deshacían en elogios hoy revisan apresuradamente sus agendas, miden distancias y evitan la foto incómoda. En este escenario, la prisa por soltarle la mano a los impresentables no representa un chispazo de dignidad ni un acto de justicia republicana: es, simplemente, la carrera desesperada por no ser el siguiente en la lista.
Convertir el ejercicio del gobierno en un permanente control de daños termina por agotar incluso a la militancia más ferviente. El espectáculo de ver a una cúpula desmarcarse en tiempo récord de sus propios cuadros revela que la mística de la transformación tiene límites muy claros: la frontera norte. Mientras la agenda bilateral exige seriedad técnica, seguridad efectiva y certidumbre institucional, la política local se ahoga en justificaciones infantiles. Al final, el episodio de Rocha Moya no es una excepción, sino el síntoma de una erosión inevitable donde la lealtad partidista se extingue al primer chispazo de escrutinio real.
—Este que Escribe