La epístola del berrinche

La extravagante carta enviada por Andrés Manuel López Beltrán representa una lección de lo que no debe hacerse en la diplomacia internacional. Con apenas tres páginas de una prosa lamentable, cargada de un sarcasmo torpe y una ironía mal ejecutada, el documento logra agraviar a un presidente estadounidense, a sus funcionarios y a toda una nación, haciendo gala de una marcada penuria narrativa. Más que una defensa soberana, el texto —cuya única aportación del autor parece ser su firma autógrafa— demuestra una completa ausencia de oficio político que, para sorpresa de nadie, resulta inexistente en el currículum del hijo del expresidente.

No me cabe duda de que Harold Nicolson, de estar vivo, habría dedicado algunas páginas a estudiar la falta de toque diplomático que maneja Morena, por no decir la familia del expresidente.

Calificar el documento como un berrinche que disimula preocupación es quedarse corto. La lección de moralidad que pretende dar, con un país que aún no se recupera de las ocurrencias de la administración de su padre, representa el colmo de la hipocresía. “Claro está, señor presidente, que no me causa ningún problema el no visitar Estados Unidos en estos tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar, inconformidad social y tristeza”, escribe un ofendidísimo autor. ¿Qué visión tendrá de la realidad mexicana para atreverse a acusar al vecino de los mismos males que padecemos en casa propia? Tal vez él no pueda pisar suelo estadounidense ahora, pero resulta paradójico que parte de su propia familia haya elegido justamente ese país para establecer residencias y propiedades, mostrándole con ello más temor a la violencia, la inseguridad y la desintegración que se viven de este lado de la frontera.

Por su parte, la corte de voceros del oficialismo pecará de una ingenua y descarada complacencia al aplaudir la valentía con la que el autor supuestamente planta cara a Washington. El espectáculo se torna aún más delicado en Palacio Nacional: la Presidenta, atada por la lealtad heredada, se ha visto obligada a salir al paso para malabarizar y justificar las incongruencias del vástago de su antecesor. En su afán por proteger la mística familiar del movimiento, el gobierno confunde el costo de un pleito personal con la postura oficial del Estado, sometiendo la política exterior mexicana a los vaivenes emocionales de quien jamás ha ocupado un solo cargo en el servicio exterior.

Al final, este episodio expone una fractura más profunda en la conducción de la agenda bilateral. Convertir un trámite de visa y una sanción administrativa en una trinchera ideológica solo evidencia el aislamiento de una élite que confunde el consumo para su militancia interna con el rigor del derecho internacional. Mientras en la retórica oficial se condena la "decadencia" del país vecino, la realidad logística, comercial y de seguridad exige una diplomacia sabia, técnica y seria. Reducir la relación estratégica más crítica de México a una serie de reproches epistolares demuestra que, en la visión del oficialismo, el prestigio de la nación bien puede sacrificarse en el altar del protagonismo personal.

—Este que Escribe

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