Péndulo ideológico

El péndulo ideológico que dota de singularidad y perpetuidad historicista a los movimientos regionales se inclina de nuevo hacia la «derecha» e «izquierda» —si es que cabe llamarlas así—, arrastrando tanto a los ideólogos de siempre como a los más jóvenes y de ideas más viejas. Ambos bandos ceden ante un pragmatismo vulgar que solo entiende de votos. Es lógico que, tras un mal gobierno (e incluso tras uno bueno), el fastidio colectivo se acumule y desate el movimiento pendular que tanto atemoriza en cada elección. La alternancia, evidente para quien preste un mínimo de atención, resulta inevitable, repetitiva y previsible. Rara vez llega de manera pacífica; y por regla general, se pinta de rojo —directa o indirectamente—.

Lo único que va cambiando es el deterioro, no solo de discursos, figuras y personajes: recientemente y no novedosamente, se podría señalar el populismo, «nuevo» combustible de discursos igual de amañados que los anteriores, desequilibrador predilecto de los «nuevos» movimientos. Mal al que se le adjudica como vicio principal la explotación de sociedades que no están politizadas lo suficiente como para decidir conscientemente sobre su futuro —irónicamente, se politizan cuando las casillas resultan favorables y son ignorantes cuando no—. El dilema de la manifestación popular y el desagrado que esta provoca cuando no es lo que se espera. Y así, entre justificaciones del mismo estilo, se pierden las razones por las que se pierden elecciones, que en pocas palabras podemos resumir en la insatisfacción de masas que logran embobarse con eso que se les vende como «novedad» y, por añadidura, salvación.

He escuchado a lo largo de esta semana, a razón de las votaciones brasileñas, cómo desde un frente ideológico se defiende irreductiblemente que este nuevo movimiento pendular es el resultado de un engaño masivo y el advenimiento de la ultraderecha —esto desde la izquierda—; y desde la derecha, que es el reflejo de lo que sucederá en toda la región, imagino que como el golpe de suerte que esperaban para voltear las cruciales tendencias. En resumidas cuentas, el mensaje es el mismo: la situación se debe de aprovechar.

Pero mientras los estrategas de escritorio y los opinócratas de trinchera calculan réditos y culpan al electorado de su supuesta incomprensión de la historia, la realidad sigue su curso implacable. Pretender que el descontento ciudadano se disuelve con campañas de concientización o con diagnósticos moralinos es un ejercicio de soberbia tan estéril como predecible. El péndulo no se detendrá jamás mediante el reproche; continuará su viaje mientras la política siga ofreciendo espejismos en lugar de respuestas tangibles. Al final, el verdadero peligro no es que la aguja se mueva a un extremo u otro, sino que nos acostumbremos tanto al vaivén que terminemos por olvidar qué se siente vivir bajo la estabilidad de un sistema que realmente funcione.

—Este que Escribe

Siguiente
Siguiente

La farsa de las coaliciones