Nostalgia generacional

Esa inequívoca nostalgia aspiracional que parece ensombrecer, con una bochornosa sombra, el futuro de mi generación es, por decir lo menos, desmoralizante. Una generación asfixiada por las revelaciones consagradas por un desafortunado y amoral realismo, que ha desenmascarado las seguridades inexistentes que motivaban sisíficamente a nuestros antecesores, todavía confiados en aquello que se antojaba un derecho.

Será el hartazgo que muchos esperaban que finalmente estallara aquello que faltó a buena parte de las juventudes anteriores, complacientes quizá por ignorancia o comodidad. Hoy, sin embargo, las nuevas generaciones parecen haber perdido su título de herederas de aquella inconformidad que alguna vez impulsó las manifestaciones europeas y que ahora se despacha como una moda, tal como ocurrió, en su momento, con el Mayo francés.

Las exigencias recicladas, que parecían haber quedado en suspenso, y aquellas demandas momentáneamente satisfechas vuelven a derrumbarse con la fragilidad propia de las coyunturas que las hicieron parecer resueltas.

Estudio, trabajo, pensión: la carrera corporativista y burocrática que no se detiene por consideraciones. Ninguna novedad, la misma tragedia de un contrato social intransigente y el anhelo por lo gozado en el pasado, que evita el disfrute de las benevolencias del presente.

La aceptación de las condiciones con las que nos toca proseguir parece eclipsada por aquello que sentimos arrebatado: la sensación de seguridad, que repito, nunca existió. También es acompañada por un egoísmo natural, que no se preocupa por los que están y estarán; hablando por supuesto de los más jóvenes y más viejos, que dicho sea de paso encabezan los discursos de todos los políticos.

Esta parálisis contemporánea no radica en la ausencia de diagnóstico, sino en la incapacidad de habitar un presente que desmanteló sus propios mitos. Nos descubrimos atrapados entre el duelo por un bienestar prefabricado que no alcanzamos a presenciar y la inercia de un mercado que fagocita incluso nuestros discursos de resistencia. La protesta, despojada de su fuerza transformadora, se convierte en un fetiche estético, en una pose de descontento que rinde tributo exacto a las mismas estructuras que pretende impugnar.

El drama generacional no es la carencia de certezas —condición inherente a cualquier época histórica—, sino la obstinada negativa a renunciar a la quimera de la certidumbre. Mientras continuemos midiendo nuestro extravío con el compás de promesas extintas, seremos incapaces de articular una respuesta propia. Nos mantendremos como espectadores amargados de nuestra propia ruina, condenados a lamentar la pérdida de un paraíso que jamás fue nuestro y a administrar, con pasiva elegancia, el desencanto de no ser nada.

—Este que Escribe

Siguiente
Siguiente

Péndulo ideológico