Narrar la guerra para sostenerla
Los malabares políticos son difíciles de disimular en tiempos donde la información suele estar al alcance de cualquiera con acceso a internet. Pronto los desaciertos se transforman en encabezados; la vulnerabilidad de nuestros representantes alimenta la desconfianza en el sistema —o más bien la confirma— y, al mismo tiempo, los humaniza.
Las narrativas que se sostenían en la sombra de la desinformación hoy se iluminan. No es que la política haya dejado de construir relatos, sino que ahora esos relatos conviven, en tiempo real, con su propio contraste.
No siempre fue así. Durante la Segunda Guerra Mundial, hacerse de una imagen clara era difícil. La información llegaba tarde, fragmentada, filtrada. Esperar las noticias era parte de la experiencia: tardado, desfasado, desgastante. Entre lo que ocurría y lo que se decía mediaba el tiempo suficiente para que el gobierno fijara una versión, y para que la ciudadanía decidiera creerla o sospecharla. Incluso la duda resultaba útil: simplificaba la toma de postura.
Por ejemplo, Estados Unidos sostuvo durante meses que el avance japonés en el Pacífico estaba contenido y bajo control. La caída de Filipinas mostró otra cosa: no se trataba de una mentira abierta, sino de una verdad administrada. Hoy, aunque se sale a dar declaraciones con la misma seguridad de siempre y se atreve a establecer realidades que se contradicen casi de inmediato, la lógica persiste: sostener una narrativa de control, de avance, de inevitabilidad. Es natural. También es previsible.
«No se trataba de una mentira abierta, sino de una verdad administrada»
El ya no tan reciente conflicto en Medio Oriente no escapa a esa lógica. La administración Trump, víctima de la velocidad con la que viajan las noticias, sirve como ejemplo. También como un recordatorio indiscreto de una lectura que aprecio.
En The Public Burning, de Robert Coover, autor controvertido y versado en la novela experimental, capaz de confundir con párrafos que funcionan como una maquinaria de ilusiones literarias y ficciones grotescas que rozan un humor negro cada vez más oscuro, retrata a su manera el escarmiento público de la familia Rosenberg. Julius y Ethel Rosenberg, acusados de espionaje a favor de la Unión Soviética, fueron ejecutados en 1953 en medio de un clima de paranoia política y exhibición del castigo.
No solo pinta —de forma exagerada, pero no por eso lejana— la ejecución de la pareja. En el paisaje que construye, centrado en la figura del vicepresidente Richard Nixon, se despliega un clima político cargado de ideologías encontradas y de una hostilidad que desborda lo electoral. Las decisiones de la presidencia, encabezada por Dwight D. Eisenhower, parecen impulsadas por la figura fantásticamente vulgar del Tío Sam.
Cada una de ellas opera como una respuesta inmediata, casi instintiva, que busca saciar la urgencia de vencer al Fantasma —ese enemigo difuso del comunismo— y que, poco a poco, termina por encajar en una imagen más amplia, dando la impresión de que todo obedecía, desde el inicio, a un plan mayor.
Por supuesto que a nuestros personajes les era más sencillo disfrazar sus decisiones, lanzarlas dentro del cajón, recalibrar la estrategia y esperar lo mejor. El tiempo jugaba a su favor. La distancia también. Hoy ya no.
La administración Trump —por momentos abandonada por el Tío Sam— no solo enfrenta a sus adversarios, sino a la inmediatez. Cada declaración compite con su propia corrección, cada gesto con su desmentido, cada intento de fijar una narrativa con la velocidad con la que esta se deshace.
«Cada intento de fijar una narrativa compite con la velocidad con la que esta se deshace»
Y aun así, la lógica persiste. Se insiste en el control, en la claridad, en la inevitabilidad de las decisiones. Como si bastara decirlo para que así fuera. Se ajustan los plazos de las amenazas, pero no se abandona la bravuconería. Esto no significa que las derrotas no puedan negarse o que los errores deban asumirse —hay inercias que sobreviven a cualquier época—.
Quizá ahí está la diferencia más incómoda. Antes, el poder podía administrar la verdad; hoy apenas alcanza a perseguirla.
—Un Estudiante