Una nueva oposición

No hace falta exagerar: el distanciamiento entre Morena y el PT no solo es evidente, sino ya perfectamente audible en el murmullo —cada vez menos discreto— del electorado morenista, que empieza a repartir el calificativo de traidor con una soltura que antes reservaba para la oposición. No es poca cosa.

Desde luego, conviene reconocer la pericia conciliadora del Ejecutivo, que ha decidido sostener —con una mezcla de prudencia y resignación— una relación que, a estas alturas, se parece más a un trámite que a una alianza. Probablemente lo hace por cálculo, por agenda o, simplemente, porque romper siempre resulta más costoso que administrar el deterioro. Pero conviene no engañarse: lo que alguna vez fue una coalición funcional hoy muestra las grietas de una convivencia agotada.

«Lo que alguna vez fue una coalición funcional hoy muestra las grietas de una convivencia agotada»

Las señales no eran precisamente sutiles. Ahí estaban, en los debates tensos, en las declaraciones cuidadosamente venenosas, en las posiciones encontradas que obligaban al Legislativo a marcar distancia de una Presidencia que, hasta hace poco, operaba como eje indiscutible. La luna de miel terminó sin escándalo, pero también sin posibilidad de reconciliación ingenua.

Y es que, tarde o temprano, el PT tenía que intentar algo más que sobrevivir. Envalentonado por sus pequeños —pero nada despreciables— éxitos electorales, como el caso de Veracruz, donde se permitió el lujo de competir sin la marca Morena y salir victorioso, el partido ha comenzado a ensayar una ambición que desborda el papel de aliado disciplinado. No es rebeldía: es instinto.

A diferencia del Partido Verde —ese prodigio de adaptación cuyo modelo de negocio haría sonrojar a cualquier teórico de la democracia—, el PT parece aspirar a algo más que la cómoda irrelevancia bien administrada. No quiere ser bisagra eterna; quiere ser puerta.

«El PT no quiere ser bisagra eterna; quiere ser puerta»

Molesta —entre otras cosas— la facilidad con la que la oposición celebra los recientes tropiezos legislativos —si es que el término no resulta excesivo— como si fueran conquistas propias. Atrincherados en sus éxitos minúsculos, inflados hasta proporciones hercúleas en el escaparate de las redes sociales, parecen no advertir que el tablero ha cambiado: la oposición que conocen ya no es la única en juego.

Mientras se felicitan entre sí, ajenos a cualquier sentido de proporción, una nueva oposición comienza a tomar forma, no desde la marginalidad sino desde la incomodidad interna del propio oficialismo. Y eso —aunque cueste admitirlo— tiene implicaciones más serias que cualquier votación perdida.

«La oposición que celebraba tropiezos no ha advertido que ya no es la única en el tablero»

Paradójicamente, ha sido el PRI el único que ha dado señales de entenderlo. Su invitación al PT para explorar una coalición no es un gesto de cortesía, sino un síntoma de lectura política. Intuye, quizá, que el adversario ya no se encuentra exclusivamente enfrente.

Pero incluso esa lucidez llega con retraso. Para los autodenominados «defensores por México», la escena se complica: a la larga lista de bateadores que los han puesto contra las cuerdas, ahora habría que sumar a un partido que, hasta hace poco, se conformaba con calentar la banca.

Será cuestión de tiempo para ver a los voceros del PT disputar, sin pudor, la herencia del obradorismo. Y entonces vendrá lo verdaderamente interesante: no cuando logren convencer a alguien, sino cuando los más despistados —o los más convenientes— decidan creerles.

Porque en política, como en las malas comedias, el problema no es el engaño: es el público dispuesto a aplaudirlo.

—Firma un Estudiante

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