Lealtades coalicionistas
Si algún grupo ha demostrado con creces su frustrante incapacidad en el Senado es la ya diezmada oposición. Resignada a la mera expectación institucional y a la escaramuza menor en espacios como las mesas de debate, intenta —sin éxito— contrarrestar una narrativa tan persistente como desgastante. Es en parte responsable de la reducción de su propio peso legislativo y está en parte asfixiada por una mayoría que se impone mediante tácticas clientelares; así, la oposición observa la reutilización politiquera de un PRI ya en vísperas de una muerte largamente anunciada.
«Es en parte responsable de la reducción de su propio peso legislativo y está en parte asfixiada por una mayoría que se impone mediante tácticas clientelares»
A ese naufragio se suman ahora ciertos partidos satélite, coloridos parásitos del erario público que buscan reacomodarse ante un cambio de paradigma electoral que se fragua bajo una narrativa que compensa su falta de novedad propositiva con un pragmatismo populista.
En un país electorero, donde la reactivación de la economía depende de elecciones continuas; donde las figuras plurinominales —una institución desafortunadamente contaminada por personajes inmerecidos que gozan del privilegio de encarnarla— se han ganado el deprecio del electorado; y donde las campañas eternas y apenas disimuladas atiborran la conversación pública, una reforma al sistema electoral —que incluye la discusión sobre presupuestos y su vigilancia mediante fiscalizaciones más rígidas— se posiciona como un reinicio merecido de la partidocracia.
«El problema real de la figura plurinominal es su contradicción de origen: concebida como contrapeso, ha sido utilizada para defender al poder»
Si bien ya conocemos, al derecho y al revés, la actuación legislativa —marcada por una apurada lealtad— de un oficialismo que no duda en avanzar con su proyecto aun a costa de vulneraciones institucionales y retrocesos estructurales, podemos figurarnos, sin exagerar, que una nueva imposición se perfila para el próximo periodo legislativo. Que en esta ocasión, como en las anteriores, su efectiva coalición vuelva a probarse —para sorpresa de nadie— como la ganadora. Sin embargo, esta vez asoma una variante capaz de alterar la disciplina de voto que ha acompañado las principales apuestas del gobierno federal.
¿Votarán sabiendo que el suicidio político los espera? La figura plurinominal, como es sabido, nació de la necesidad de mantener viva la voz de la minoría. Que la capacidad de arrastre de los verdaderos «vende-patrias» —camaleones que han sobrevivido como anémonas— haya destruido la reputación de una intención en origen admirable es tema para otra conversación. No es propósito de este texto elaborar un glosario —recalentado de noticias— de los «porqués» de esa desvirtuación ya señalada.
El problema real de la figura plurinominal es su contradicción de origen: concebida como contrapeso, ha sido utilizada para defender al poder. La lupa se ha posado casi exclusivamente sobre los legisladores opositores que ocupan esa posición, a quienes se les adjudica un supuesto servicio a las élites y un desprecio por el electorado. De manera sorpresiva —y casi por arte de magia—, esos mismos vicios parecen purificarse y desaparecer cuando se manifiestan en las filas coalicionistas de Morena.
«El oficialismo guarda un silencio estratégico: no necesita defender la figura; le basta con permitir que el costo político recaiga en quienes de ella dependen»
Ya los espera el PRD, en el cementerio, si los rumores de la reforma prosperan. Por ello no sorprendió a nadie que los primeros en levantar la mano para pedir una reconsideración hayan sido, precisamente, los más afectados. Por su parte, el oficialismo guarda un silencio estratégico: no necesita defender la figura; le basta con permitir que el costo político recaiga en quienes de ella dependen.
—Un Estudiante