En el menú de la hegemonía
Entre el ninguneo que el gobierno mexicano soporta y su incapacidad para responder —dejando de lado cualquier consideración moral— se vuelve cada vez más evidente una dependencia que nunca fue un secreto: una subordinación económica que hoy pesa con mayor crudeza sobre el ánimo colectivo.
«Una subordinación económica que hoy pesa con mayor crudeza sobre el ánimo colectivo»
Con las manos atadas por una política interna fallida, permeada por la influencia del crimen organizado, el Estado mexicano se ha apartado de toda posibilidad real de rebatir o frenar señalamientos directos e indignantes provenientes del exterior. La reacción, en consecuencia, ha sido la resignación: soportar, aguantar, bajar la cabeza. Desde la Presidencia se sabe que cualquier gesto de envalentonamiento podría bastar para detonar consecuencias indeseadas. Así, abnegados, se apuesta a que las «colaboraciones» sean suficientes para apaciguar una política exterior cada vez más errática y decadente, síntoma inequívoco del populismo contemporáneo.
Hubo llamados y respuestas airadas ante amenazas constantes —recordatorios puntuales de quién conserva el verdadero poder coercitivo— que alcanzaron un punto delicado con la disputa en torno a Groenlandia. Todo ello fue expuesto con precisión alarmante en el celebrado y polémico discurso del primer ministro canadiense durante el Foro de Davos. El mensaje fue claro: busquen alternativas, aléjense de la dependencia.
Una exhortación que, en el corto plazo, resulta impracticable incluso para quienes la enuncian. Porque, pese al deterioro de las formas tradicionales de la diplomacia —resultado de un desgaste prolongado—, los bloques económicos y la hegemonía no han desaparecido. Siguen ahí, operando, imponiendo condiciones. Negarlo no es un gesto de soberanía, sino de ingenuidad.
«Negarlo no es un gesto de soberanía, sino de ingenuidad»
Es la desesperación —en especial de los sectores más nacionalistas— la que conduce a exigir alianzas con supuestas hegemonías emergentes. Ilusiones que solo sirven para distraer la atención de una verdad incómoda: no se trata de emanciparse, sino de cambiar de amo. Es ahí donde el discurso mencionado acierta con crudeza: «si no estamos en la mesa, estamos en el menú».
Palabras que hoy flotan en el aire, amenazadas por nuevos aranceles estadounidenses.
¿Es entonces la resignación —estrategia impuesta por las condiciones— de la presidenta la mejor forma de enfrentar el conflicto? Sabemos que cualquier intento abierto de sabotear la hegemonía es peligroso. Pero tampoco puede ignorarse la necesidad urgente de ampliar los horizontes de nuestra economía. El problema es que llegamos tarde y con las manos atadas. No solo por una economía frágil o una política exterior limitada —por no decir subordinada—, sino por una violencia persistente que sigue erosionando un Estado de derecho debilitado por reformas impulsivas. Mientras tanto, dejamos pasar oportunidades concretas, como el nearshoring.
La verdadera disyuntiva no es entre confrontar o resignarse, sino entre seguir administrando la dependencia o comenzar, al menos, a reducirla con seriedad. México no está hoy en condiciones de desafiar la hegemonía, pero tampoco debería conformarse con obedecerla sin estrategia. Mientras no se reconstruya el Estado, se recupere el control interno y se diseñe una política exterior con visión de largo plazo, cualquier llamado a la soberanía será retórico y cualquier gesto de dignidad, costoso. En el mundo real, no basta con rechazar el menú: primero hay que ganarse un lugar en la mesa.
—Un Estudiante