La crisis humanitaria como coartada ideológica
Escudarse en una supuesta crisis humanitaria para justificar valores ideológicos agotados no solo es intelectualmente pobre: es moralmente cínico. Apelar a la hermandad latinoamericana y al respaldo solidario como excusa para sostener regímenes fallidos se ha vuelto un recurso automático, un refrito retórico que evita deliberadamente señalar al verdadero responsable del colapso: la propia dictadura que se pretende proteger.
Resulta un esperpento —uno ya reiterado— observar cómo la necedad socialista insiste en alimentar sistemas autoritarios bajo la bandera de la justicia social, aun cuando la evidencia histórica demuestra que esos experimentos no solo fracasaron, sino que condenaron a generaciones enteras a la miseria y al exilio. Se invoca la solidaridad, pero se practica la complicidad.
«Se invoca la solidaridad, pero se practica la complicidad»
Más irritante aún es escuchar estas defensas pronunciadas lejos de la isla, con el estómago lleno y los derechos intactos. Quienes jamás han padecido la censura, la escasez estructural ni el control absoluto del Estado, pontifican con comodidad moral sobre sacrificios que nunca asumirán. La ideología se convierte así en lujo: una convicción que solo puede sostenerse desde la seguridad que ofrecen las libertades ajenas.
«La ideología se convierte así en un lujo: una convicción que solo puede sostenerse desde la seguridad que ofrecen las libertades ajenas»
Estos valores muertos —residuos de una reminiscencia revolucionaria mal digerida— continúan vendiéndose en facultades y foros como si se tratara de ideas novedosas, cuando en realidad son dogmas caducos que se niegan a confrontar sus consecuencias reales. No hay audacia intelectual en repetir consignas del siglo pasado; hay pereza y, en no pocos casos, mala fe. Con todo, y en bien de las buenas costumbres democráticas de un país que aún goza de ciertas libertades, estas opiniones seguirán escuchándose. Y deben hacerlo. Pero que su reiteración no las confunda con verdad ni su tono moralizante con autoridad ética. La libertad de opinar no convierte el error en acierto, ni la ideología en coartada.
«La soberanía deja de ser principio y se convierte en excusa: se invoca hacia afuera y se abdica hacia adentro»
Otra cosa, sin embargo es que el gobierno mexicano insista en posicionarse peligrosamente y un silencio a gritos a favor de una soberanía externa inexistente —como lo es la cubana—. Parecen ignorar desde presidencia que apoyar puede significar absolver. Se podría argumentar que el gobierno fallido de cuba se ha escudado ventajosamente en el hambre de su pueblo para mantener intacta su narrativa. Y que nosotros, indirectamente, con nuestros impuestos, no vemos obligados a pagar el rescate de un pueblo secuestrado, aunque no se ofrezca a cambio una mejoría saludable para sus derechos.
Contradictoriamente se señalan los riesgos de una crisis humanitaria cuando en territorio nacional nos encontramos lejos de un escenario favorable. ¿Qué acaso no hay suficientes problemas en nuestra casa? La soberanía deja de ser principio y se convierte en excusa: se invoca hacia afuera, se abdica hacia adentro. La señora Jellyby y su política exterior cargan una responsabilidad heredada que nadie termina de explicar. Descuida lo inmediato y lo propio.
Por último. Desafortunadamente, se invoca con ligereza a Galeano, quien señaló con crudeza los vicios más virulentos de nuestro continente. Se olvida que Las venas abiertas de América Latina no otorga pase libre para la relativización de dictaduras. No es un texto para justificar nuevas violencias a partir del sufrimiento que denuncia, ni una coartada moral para absolver regímenes que reproducen —con otros nombres— las mismas opresiones que dice combatir.
—Un Estudiante