SANITAS PER AQVAM

Uno de los pocos placeres ocasionales—del que me permito enorgullecerme— es el baño de vapor. Si se me pregunta, una expresión civilizadora, por ser manifestación de un ocio productivo. Uno llega dejando fuera la vergüenza, sin abandonar el pudor, para convivir con extraños en una singular dinámica igualadora del carácter. Se comparte el agua y las palabras. Ahí se hacen bromas, se intercambian ideas, opiniones subidas de tono; se realizan análisis baladíes que uno olvida tan pronto como termina de secarse —igual que cuando se baja del taxi y la conversación, al cerrar la puerta, se va con el chofer—. Se escuchan todo tipo de conversaciones guardadas —o probablemente no—, del común denominador en dichos lugares: los mayores. Pues los más jóvenes —cercanos a mi generación— suelen excluirse de ese tipo de convivencia y se mantienen, más bien, lejos de dichos espacios, ya en peligro de extinción, sustituidos por los clubes.

«Se comparte el agua y las palabras»

Se hacen comparaciones acertadas o proyecciones descabelladas: el rango de las conversaciones no tiene media, va de la mesura a la exageración. Uno los escucha platicar y, de pronto, se pone en relieve el injusto trato que tanto la oposición como el oficialismo les dispensan. Un posicionamiento que, aunque pareciera destinado —o, al menos, en lo que una lealtad partidista demanda en apariencia— a ser ignorado, siempre será importante. Y sé que a muchos les podrán parecer anacrónicas e incluso desensibilizadas las opiniones de un sector de la sociedad que conoció un país diferente, donde a pocos —o a ningún— político se le trataba con pinzas. En esa tesitura, las críticas son divertidas burlas, por lo general acertadas: una forma de charla que no está destinada para aquel de sensibilidad susceptible.

El papel de los miembros de la tercera edad se encuentra comprometido por una pensión. Su condición impuesta —que me parece no debería quitar legitimidad ni a la queja ni al apoyo— es la del acarreado. La oposición, en voz de distintos actores, no ha dudado en criticarlos y demonizarlos. El oficialismo, que se siente dueño de su apoyo y los utiliza como un escudo justificante, ha terminado por colocarlos en una línea de fuego inmerecida.

«Un posicionamiento que, aunque pareciera destinado a ser ignorado, siempre será importante»

La descortesía política en la que viven, y que los transforma en cifras utilizadas a conveniencia, los deshumaniza. Basta escucharlos unos minutos para notar que el sitio meramente decorativo que se les adjudica no les cae en gracia.

Quizá por eso convenga, de vez en cuando, detenerse a escuchar lo que se dice en esos espacios —ese baño común— donde no se aspira a influir ni a convencer, sino simplemente a existir. En el baño de vapor no se pide permiso para hablar ni se administra la palabra; se dice, y basta. Y tal vez ahí resida una lección incómoda para la política contemporánea: que antes de contabilizar apoyos o repartir culpas, haría bien en recordar que las personas —incluso cuando envejecen, incluso cuando disienten— no son cifras, ni símbolos, ni escudos, sino voces que aún no han terminado de decir lo que piensan.

«En el baño de vapor no se pide permiso para hablar ni se administra la palabra; se dice, y basta»

Escuchar, sin cálculo y sin condescendencia, es hoy el gesto político más elemental y más olvidado.

Un Estudiante

Siguiente
Siguiente

Adiós, Maduro