Adiós, Maduro

Fue gratificante escuchar que el régimen chavista, tras lo que llegó a parecer un interminable ciclo de corrupción sistemática —que algunos defensores contrariados parecen olvidar implicó una violación constante y prolongada de los derechos humanos y civiles de incontables personas—, finalmente llegó a su fin. Resulta revelador constatar que ningún enquistamiento, ni siquiera el de un cáncer político, es perpetuo y que, aun en medio de contrastes relevantes e incómodos, el bien —o al menos el menos dañino de los males— termina por imponerse, aunque sea de manera momentánea. Se trata, sin duda, de una buena noticia; una que arrastra problemáticas incluso dentro de celebraciones quizá apresuradas, pero difícilmente injustificadas.

«Ningún enquistamiento, ni siquiera el de un cáncer político, es perpetuo»

Pueden sumirse en una negación ideológica que los priva de una visión más amplia del panorama, pero no pueden negar que la superación de una figura abiertamente despreciable como Nicolás Maduro representa una forma de progreso. Pueden concentrarse en las intenciones estadounidenses —visibles incluso para los más complacientes— o en su fingido y conveniente llamado a la paz; pueden transformarse en, o invocar a, Eduardo Galeano, a Juárez o al mismísimo Bolívar; pueden renegar del resultado, hacer berrinche y escudarse en ideas que, aunque se nieguen a aceptarlo, han perjudicado —y continúan perjudicando— gravemente. O bien, pueden aprender de lo ocurrido y asumir las consecuencias y responsabilidades de una sociedad que delegó de manera imprudente sus facultades ciudadanas en los políticos: una clase históricamente más preocupada por su propia supervivencia que por el bienestar colectivo.

La caída de cualquier régimen —o, dicho de otro modo, el acto de retirar la bota del cuello de un pueblo— es un acontecimiento digno de celebrarse. En pleno uso de la razón, no podría condenarse un hecho que, nos resulte o no moralmente cómodo, significó el fin de una subyugación que se prolongó durante veintisiete años para aquellos a quienes muchos insisten en llamar hermanos.

«La superación de una figura abiertamente despreciable como Nicolás Maduro representa una forma de progreso»

He escuchado y leído a muchos de ustedes lamentarse por la derrota de Edmundo González Urrutia y por los continuos —e infructuosos— esfuerzos de una oposición incapaz de sostenerse y sistemáticamente imposibilitada para hacer valer su derecho elemental a existir. Los escuché condenar los asesinatos, las desapariciones, las burlas del dictador. ¿Y hoy? ¿Dónde quedó ese supuesto espíritu revolucionario en favor del humanismo?

Se atreven a llamar hipócritas —y con razón— las acciones del mandatario estadounidense, que no es ningún salvador. Acertadamente señalan sus intereses económicos, comparan su comportamiento con la guerra en Ucrania o con su apoyo incondicional al gobierno israelí, y critican su desprecio por los principios del derecho internacional. Comparto esa lectura —no así los juicios morales selectivos—. Pero nada de ello justifica posicionarse en el extremo opuesto del tablero y llegar al absurdo de defender a un criminal.

Entiendo que muchos son víctimas del absolutismo: enfermos de ideología, incapaces de vislumbrar el abanico de realidades que emerge cuando un régimen cae y el dogma se queda, una vez más, sin a quién obedecer.

«Nada justifica posicionarse en el extremo opuesto del tablero y llegar al absurdo de defender a un criminal»

Confío en que muchas familias dormirán hoy con mayor tranquilidad, sabiendo que su país, por primera vez en décadas, tiene la posibilidad de avanzar. El resultado final aún está por escribirse y dependerá del trabajo de una oposición que podría transformarse en hegemonía y demostrar, por fin, que tenía lo necesario para gobernar: algo radicalmente distinto de la cerrazón mental de unos pocos.

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Un estudiante

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Reformas para todos, límites para algunos