La hidra después del ayatolá
Dándole una merecida sacudida de polvo al librero, encontré un pequeño volumen olvidado en el apartado reservado para los novelistas nacionales. Algunos de ellos, autores de novelas queridas —o consentidas—, recordadas por sus entrañables personajes y simpáticas situaciones; por sus tonos vulgares y crudos: mexicanas como Los bandidos del Río Frío, de Manuel Payno, y muy mexicanas como El complot mongol, de Rafael Bernal —probablemente mi favorita en la colección familiar y cuya adaptación a la pantalla no me atrevo a ver por razones evidentes—. Otras, perdidas en el tiempo u oscurecidas por la gran sombra de títulos más celebrados del mismo autor, como ocurre con Juan Rulfo y aquellos trabajos descuidados por lectores más interesados en el venerable Pedro Páramo.
El mismo caso —aunque no comparable con el prestigio silencioso de Rulfo— es el de Carlos Fuentes. Buena parte de su obra parece diluirse ante el magnetismo persistente de Aura o la monumentalidad de La muerte de Artemio Cruz. Aunque también es cierto que su pedantería —y su discutida responsabilidad política— pesan en la recepción contemporánea de su obra. Y, sin embargo, allí estaba, casi escondida entre lomos más gruesos y nombres más repetidos: La cabeza de la hidra.
«Y, sin embargo, allí estaba, casi escondida entre lomos más gruesos y nombres más repetidos: La cabeza de la hidra»
No es su novela más citada ni la más enseñada en las aulas; tampoco la más invocada en sobremesas literarias. Fue su incursión más directa en la novela negra: Félix Maldonado, un James Bond mexicano, abriéndose camino entre redes internacionales de espionaje. Una disección del juego geopolítico de finales de los setenta, marcado por las crisis energéticas y sus caídas financieras. Intereses estadounidenses, israelíes, árabes y, por supuesto, mexicanos. A fin de no echar a perder el desenlace, me reservaré continuar hablando de la novela.
Casual o no, el hallazgo del libro me recordó que esos temas distan de estar superados y que, con inquietante familiaridad, han vuelto a figurar en los titulares televisivos; que los análisis, harto repetidos, rara vez alcanzan a explicar la complejidad de los conflictos en Medio Oriente; y que las pinzas con las que se trata a Israel se mantienen —cosa que no hace Fuentes en su novela— a toda costa. Las críticas antiyanquis, el temor persistente al intervencionismo y la amenaza latente a la que, como naciones, parecemos habernos resignado.
Ahora, aunque repetidos, los reflejos vuelven a activarse ante una coyuntura que sí es novedosa: la muerte del ayatolá. Resulta llamativo ver a ciertos ideólogos —siempre tan ecuánimes en el discurso— apresurarse a maquillar un régimen que durante décadas hizo de la opresión interna y de la amenaza externa su regla de funcionamiento. No se trata de exagerar sus faltas: basta con enumerarlas.
Pero la desaparición de un liderazgo, por indeseable que haya sido, no equivale a la disolución del sistema que lo sostuvo. Un hombre puede caer; la estructura permanece. A veces incluso se fortalece. Las narrativas se reacomodan, los herederos se endurecen y el conflicto encuentra nuevas razones para prolongarse.
«Un hombre puede caer; la estructura permanece»
Cuando un Estado actúa en nombre de su supervivencia y lo hace respaldado por la potencia militar de otro —en este caso, el cobijo estratégico estadounidense— el conflicto deja de ser estrictamente regional. Se transforma en una reconfiguración del equilibrio global, donde legitimidad y conveniencia caminan juntas. La defensa se convierte también en mensaje; la operación puntual, en advertencia. Cada movimiento, por calculado que sea, produce ondas que superan su objetivo inmediato.
Israel no actúa en el vacío, como tampoco lo hizo el régimen iraní. Cada decisión se inscribe en una red de alianzas, disuasiones y apuestas estratégicas que exceden el discurso público. En esa lógica, el poder rara vez se limita a neutralizar una amenaza; tiende a afirmarse, a expandirse, a consolidar su margen de acción.
No se trata de fabricar simetrías morales ni de diluir responsabilidades evidentes. Se trata de admitir que, en la política internacional, los actos decisivos no clausuran la historia: la reconfiguran. La eliminación de una figura puede resolver un problema inmediato y, al mismo tiempo, abrir un ciclo más amplio de tensiones.
Quizá por eso aquella metáfora sigue resultando incómodamente vigente. La hidra no era un personaje ni un país específico, sino una forma de entender el poder. Se corta una cabeza y el cuerpo no desaparece: se reorganiza. Cambian los nombres, los liderazgos, las justificaciones públicas. La criatura permanece.
«Se corta una cabeza y el cuerpo no desaparece: se reorganiza»
La muerte del ayatolá podrá alterar el ritmo del conflicto, incluso modificar temporalmente el equilibrio. Pero nadie debería sorprenderse si, en lugar de clausurarlo, lo transforma. En la política internacional no existen finales definitivos, sino mutaciones. Y mientras celebramos o condenamos según convenga, la hidra —siempre más paciente que los hombres— vuelve a levantar la cabeza.
—Un Estudiante