Freno de mano

Sorprende el pretendido golpe de conciencia del bloque coalicionista del gobierno. El freno —promesa reiterada de la oposición— sabíamos desde hace tiempo que no podría materializarse por simple aritmética parlamentaria. Resultó desmoralizante observar cómo, pese a los juramentos, incluso el respaldo definitivo a la reforma al Poder Judicial terminó contando con votos provenientes del PAN. Aquello ya anticipaba el verdadero alcance de la bancada contraria: una oposición ineficiente, aunque en el fondo nada sorprendente; previsible en su resignación al lugar minoritario que hoy ocupa en la representación nacional, quizá no del todo inmerecido.

«El freno —promesa reiterada de la oposición— sabíamos desde hace tiempo que no podría materializarse por simple aritmética parlamentaria»

Por eso, tras los pronunciamientos presidenciales —anunciados desde la campaña de 2024—, la sorpresa fue en gran medida fingida. Lo prudente era anticipar una repetición del proceso que ha caracterizado a buena parte de las reformas de la llamada Cuarta Transformación: rapidez legislativa, escaso margen de contención institucional y una oposición incapaz de convertir sus advertencias en un verdadero contrapeso.

Conviene decirlo con cierta calma: el Congreso mexicano rara vez ha sido el escenario dramático que sus propios participantes imaginan. Con frecuencia se comporta más bien como un tablero donde las piezas avanzan según reglas que todos conocen, aunque cada movimiento vaya acompañado de discursos solemnes sobre el destino de la República. El ritual parlamentario —las denuncias, las advertencias, los llamados históricos— suele convivir sin demasiada incomodidad con resultados bastante previsibles.

Lejos de los comentarios moralistas —y en muchos casos alarmistas— que abundan en mesas de debate y programas de opinión, nunca llegó a consolidarse un pronunciamiento verdaderamente sólido capaz de despertar preocupación cuando la reforma comenzaba a percibirse como inminente. En su lugar, el freno fue pisado con fuerza desde una supuesta unidad opositora que, en realidad, empezó a fragmentarse desde la salida de la administración de Andrés Manuel López Obrador.

Esa fragmentación tiene algo de inevitable. Los partidos que hoy intentan reconstruir una oposición no solo perdieron una elección, sino también el relato político que durante años les permitió explicar su lugar en el sistema. En ausencia de ese relato, el debate se desplaza con facilidad hacia el terreno de las advertencias institucionales, que son siempre más cómodas de formular que de sostener políticamente.

Los partidos parasitarios —el Verde y el PT—, que desde su génesis han sabido aliarse con quien fuera necesario —basta revisar sus coaliciones locales—, han avanzado de a poco en el tablero político. Acostumbrados a sobrevivir del éxito electoral de otros, durante siete años de gobierno morenista repitieron su ciclo de obediencia silenciosa y éxitos moderados, pero seguros. La prueba a la unidad fue muy grande: el presupuesto no se toca, los escaños asegurados tampoco, ni las listas de partido.

«Los partidos parasitarios —el Verde y el PT— han avanzado de a poco en el tablero político»

Sería injusto, sin embargo, fingir sorpresa ante esa conducta. La política mexicana ha producido desde hace décadas un tipo muy particular de partido: pequeño en votos, pero extraordinariamente competente en el arte de las coaliciones. Su talento consiste en detectar, con una precisión casi matemática, el momento exacto en que conviene acercarse al poder y el momento en que es prudente mantenerse lo suficientemente cerca como para no perder sus beneficios.

En ese sentido, el Verde y el PT han demostrado algo que otras organizaciones políticas aún no terminan de aprender: que la supervivencia electoral rara vez depende de la pureza ideológica y con frecuencia sí de la paciencia estratégica.

Por supuesto que no se pueden defender posiciones contrarias a la voluntad del pueblo abiertamente; en su lugar, es más conveniente señalar la supuesta vulneración de la democracia y del sistema electoral mexicano. Aparentar sobriedad y cabeza fría, adjudicarse la investidura de freno de mano institucional.

El problema es que esa investidura funciona mejor como gesto retórico que como mecanismo político. Sin votos suficientes en el Congreso, el freno de mano se convierte más bien en una metáfora: una posición desde la cual observar el avance de las reformas mientras se advierte, con gravedad republicana, sobre los riesgos del camino.

Tal vez por eso la escena resulta menos dramática de lo que muchos quisieran admitir. En la política mexicana contemporánea, las reformas suelen aprobarse con relativa facilidad, las advertencias se repiten con la misma solemnidad y el tablero continúa moviéndose según una lógica que, a estas alturas, ya no debería sorprender a nadie.

Pero queda una pregunta inevitable después de revisar las encuestas que muestran un respaldo constante a la presidencia: qué tan firmes podrán mantenerse el Verde y, en especial, el PT después de haber decidido ir en contra de la última mano que les dio de comer.

Un Estudiante

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