Encubrimiento agridulce

Solo un grupo ganó y puede colocarse con la victoria en la Cámara baja: el de los partidos satélites. Una razón predominó en su fingido golpe de moralidad: mantener intacto un cómodo sistema partidista.

Además, quedó en evidencia que PRI, PAN y MC son incompetentes como oposición, aunque sin vergüenza celebren el freno a la reforma electoral como propio. Si esta se detuvo fue por los esfuerzos partidistas —aliados del oficialismo— para aminorar el golpe a intereses económicos y estructuras que, en el fondo, sostienen a todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso.

Y aunque dichas razones son evidentes, su escudo de responsabilidad institucional y defensa democrática —tras el que se protegen, en especial los miembros del PT— resulta suficiente para satisfacer a los más despistados. No obstante, no se puede —a mi parecer— dejar de resaltar que esta victoria agridulce es, en realidad, una tomada de pelo. No pretendan vendernos esta derrota legislativa como una victoria institucional.

«No pretendan vendernos esta derrota legislativa como una victoria institucional»

Resulta indignante, o quizá simplemente desmoralizante, que esta repentina preocupación por respetar nuestras instituciones no alcanzara a llegar a tiempo cuando se debatió el futuro del Poder Judicial. En aquel momento, la cautela institucional brilló por su ausencia y los mismos actores que hoy invocan la defensa democrática mostraron una disciplina política incuestionable.

Uno no puede evitar preguntarse si la falta de interés que el Verde y el PT mostraron entonces está relacionada directamente con los placeres económicos de los cuales disfrutan como partidos satélites. De ser así, quedaría al descubierto que la dogmática de su sistema de alianza electoral no está fundada en la construcción de un proyecto político, sino en una simple conveniencia administrativa del poder.

Esto no quiere decir que, como representantes, no puedan contrariar al oficialismo y transformarse —eventualmente— en oposición o en un contrapeso palpable dentro del Congreso. La política, después de todo, siempre permite virajes inesperados.

Es precisamente por eso que los sentimientos son encontrados. Pues aunque se protegió de alguna manera a la Constitución de ambigüedades y evidentes retrocesos —aún está en debate la legitimidad del sistema plurinominal—, también se protegieron a sí mismos los políticos. El mensaje implícito es claro: el Poder Legislativo no se toca.

«Aunque se protegió de alguna manera a la Constitución, también se protegieron a sí mismos los políticos»

Así, la cantaleta con la que se escudaron ya no solamente me parece una burla, sino un lastre para el mejoramiento de nuestras instituciones. Denota el temor de nuestros funcionarios a modificar las reglas que los benefician y, peor aún, exhibe una preocupante falta de compromiso con el electorado que dicen representar.

«Cuando el cambio amenaza el equilibrio de intereses que sostiene al sistema de partidos, la defensa institucional aparece súbitamente como un principio irrenunciable»

Porque si algo quedó claro en este episodio es que, cuando el cambio amenaza el equilibrio de intereses que sostiene al sistema de partidos, la defensa institucional aparece súbitamente como un principio irrenunciable. Pero cuando las instituciones realmente necesitan ser defendidas, esa misma convicción suele desaparecer con notable rapidez.

Un Estudiante

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