Evidentemente sarcástica.

Podríamos afirmar, con dejo de sarcasmo —por supuesto—, que fue una semana de grandes estrategias electorales. Que la novedad retorna a las fuerzas partidistas y que la renovación democrática se pronuncia, esperanzadora, en el horizonte. Tal vez, por fin, después de un sexenio lleno de derrotas —legislativas, municipales, estatales, federales y ahora, para colmo, judiciales—, la oposición consigue reconfigurarse. Tal vez, incluso, estemos presenciando el inicio de una etapa distinta, una en la que los errores acumulados se convierten, súbitamente, en experiencia útil.

Afortunados los ciudadanos —debemos pensar con prudencia, imagino— al escuchar a los presidentes partidistas hablar con tanto entusiasmo, presumiendo sus horizontes renovados, sus métodos abiertos y su renovada cercanía con la gente. De paso, nosotros, los ciudadanos de a pie —quienes ya nos podemos postular (con el PAN) para competir por cualquier cargo político—, disfrutaremos de nuestros defensores (priistas), capaces de cargar nuestra bandera durante una hora sin chistar, con disciplina y convicción perfectamente ensayadas. Con tan excelentes opciones, lo difícil será escoger por quién votar, no por escasez, sino por una sobreoferta de compromiso y entrega.

«Con tan excelentes opciones, lo difícil será escoger por quién votar»

Tiemblan Morena, el PT y el Verde. Sus respectivas bancadas se tambalean con el golpazo que se prepara. ¿Y cómo no habrían de hacerlo, si la seriedad se desbordaba en sus respectivos eventos, con las propuestas y las caras nuevas, con los anuncios que prometen un punto de inflexión y con discursos que insisten en que ahora sí, esta vez sí, las cosas serán distintas? Después de unos cuantos infortunados e improductivos años electorales, la vida política del país encuentra un segundo aire merecido, uno que parece sostenerse más en la voluntad declarada que en la evidencia reciente.

«Uno que, por ahora, respira más discurso que resultados»

No sea un pesimista. Estoy seguro de que podrá señalar el estancamiento abrumador que el sistema de partidos mexicano denota, o la falta de novedad prometida, el cinismo en el liderazgo o, incluso, la incompetencia estratégica —inexistente—; pero no sea pesimista: siempre se puede ver el vaso medio lleno. Las caras viejas son cuadros fuertes, pilares de partido; la estrategia rancia es tradición; la repetición, constancia; y la falta de resultados, quizá, una mala lectura de los tiempos.

Sí, es prudente cuestionar; sí, los vicios están ahí, pero no hay que pecar de mal pensados. Estoy seguro de que no se trata de un desesperado intento por renovarse y medio compartir; que, de verdad, desde las dirigencias están preocupados por mantener los contrapesos, por fortalecer la vida democrática y por reconectar con una ciudadanía que, sin duda, sabrá reconocer el esfuerzo.

Dejando de lado la ironía: no sé si reír o llorar.

Un Estudiante

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Encubrimiento agridulce