Cuando el discurso ya no basta

Esta semana —y permítaseme la digresión, porque toda ruptura histórica exige un pequeño rodeo narrativo—, después de un sexenio marcado por aquel eslogan de tersura casi pastoral («abrazos, no balazos»), pretendida alquimia verbal capaz de transmutar violencia en voluntad, se ha insinuado un antes y un después. No por el ruido —que siempre acompaña—, sino por la naturaleza del acto. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, figura casi mitológica del crimen organizado contemporáneo, no es simplemente la caída de un hombre; es la caída de una forma de administrar el conflicto desde la prudencia retórica.

«No por el ruido —que siempre acompaña—, sino por la naturaleza del acto»

Porque si algo caracterizó el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue la convicción —o la apuesta— de que el lenguaje podía contener lo que las balas desbordan. La sucesora, Claudia Sheinbaum, heredera disciplinada pero no necesariamente mimética, parece haber comprendido que el Estado no puede limitarse a narrar su autoridad: debe ejercerla. Y ejercerla, en ocasiones, implica volver a las herramientas clásicas del monopolio legítimo de la fuerza.

¿Es esto una ruptura doctrinal o apenas un ajuste táctico? Tal vez sea pronto para afirmarlo con la solemnidad de los manuales. Pero el gesto —ese gesto— deja entrever un desplazamiento. Menos catecismo y más operación. Menos consigna y más consecuencia. El timón, si no ha cambiado de manos, al menos ha girado algunos grados. Y en política —como en las novelas largas y caprichosas— los giros pequeños suelen anticipar capítulos decisivos.

«Menos catecismo y más operación. Menos consigna y más consecuencia»

Se celebra —con la sobriedad que exige el contexto— una pausa al terror, un respiro frente a los jaloneos y señalamientos provenientes del norte, siempre atentos a sus propias contiendas electorales. Se celebra también la reivindicación institucional de un Ejército que, más allá de errores y polémicas, es depositario de una tradición y de una disciplina que el Estado no puede darse el lujo de erosionar.

Pero no nos engañemos: hablamos de victorias parciales. Cortar la cabeza de la serpiente no extingue el veneno; a veces lo dispersa. La fragmentación criminal, el reacomodo violento, el caos como reacción al vacío de poder: todo ello es posibilidad tangible. De ahí que la exigencia pública —aunque no siempre desprovista de cálculo político (como no lo está esta pluma)— insista en un «más» estructurado. Más inteligencia. Más coordinación. Más institucionalidad. Nótese el énfasis en el «más».

«Cortar la cabeza de la serpiente no extingue el veneno; a veces lo dispersa»

Lo que resulta llamativo —y aquí la digresión se vuelve ironía— es el disgusto exacerbado de ciertas voces que parecen minimizar el golpe a una de las organizaciones criminales más peligrosas del país, enfocándose en detalles accesorios o contradicciones convenientes. La senadora Lilly Téllez, quien en repetidas ocasiones ha exigido una postura frontal contra el crimen organizado e incluso mayor colaboración con Estados Unidos, sostuvo tras el operativo que la presidenta actuó por presión de Washington y no por convicción propia.

La paradoja no es menor: se celebra la cooperación cuando se exige; se cuestiona cuando se materializa. El debate es legítimo —siempre lo es—, pero la inconsecuencia discursiva termina por opacar lo sustantivo: el Estado actuó. Y actuó con un resultado que, guste o no, modifica el tablero.

Me pregunto si la oposición —en especial los partidos que han gobernado desde la Presidencia— se encuentra moralmente calificada para opinar con tanta desenvoltura y dignidad impostada. Es cierto: los señalamientos y las exigencias son parte esencial del juego democrático. Pero no debemos perdernos en la politiquería tribalizante ni en el discurso binario, permanentemente insatisfecho, de figuras que comienzan a convertirse en lastre del debate público.

Porque una cosa es fiscalizar; otra, descalificar por reflejo. Una cosa es exigir coherencia; otra, practicar la amnesia selectiva. Si el Estado actúa, se cuestiona el motivo. Si no actúa, se condena la omisión. Así, el desacuerdo deja de ser herramienta democrática y se convierte en automatismo retórico.

Y quizá ese sea el fondo —más allá del operativo, más allá del nombre propio que hoy ocupa titulares—: la incapacidad de algunos para reconocer un movimiento cuando este no proviene de sus propias manos. En política, la crítica es indispensable; la mezquindad, no.

Un Estudiante

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