La discreta virtud de lo que funciona
Hay cosas en la vida pública que sufren del síndrome de la buena salud: como no duelen, nadie habla de ellas. Nos hemos acostumbrado tanto a que las noticias estén dominadas por el conflicto, la estridencia y la amenaza de ruptura, que cuando dos regiones deciden ponerse de acuerdo de manera civilizada, el acontecimiento pasa casi desapercibido. La reciente actualización del marco comercial entre la Unión Europea y México es un claro ejemplo de este fenómeno.
Mientras la conversación pública suele concentrarse en los exabruptos del proteccionismo o en la retórica de la confrontación, en el fondo sigue existiendo una maquinaria silenciosa que sostiene la vida cotidiana de las naciones: la confianza. México y Europa —con España funcionando históricamente como ese puente inevitable donde el idioma y la costumbre facilitan las cosas— llevan décadas construyendo una relación que va mucho más allá de los discursos oficiales.
Lo que verdaderamente se pone a prueba en estos tiempos no es la capacidad de firmar documentos, sino la voluntad de mantener la palabra. En un mundo volátil, donde las reglas del juego cambian según el humor del gobierno en turno, la certeza se ha convertido en el bien más escaso y codiciado. Nadie invierte tiempo, talento o capital en un lugar donde no sabe qué pasará mañana. Por eso, acordar reglas claras para el comercio digital o la inversión no es un mero trámite burocrático; es la única forma sensata de construir horizontes a largo plazo.
Al final, detrás de las cifras astronómicas y los comunicados diplomáticos, lo único que hay son personas intentando trabajar juntas a ambos lados del Atlántico. La verdadera diplomacia no ocurre en las cumbres presidenciales, sino en la cotidianeidad de las empresas que colaboran, los proyectos que se cruzan y la certidumbre de saber que existe un marco justo para resolver diferencias.
En un momento donde la tentación general es cerrarse y levantar muros, insistir en la apertura y la estabilidad no es solo una estrategia económica inteligente: es una postura política sobre cómo queremos relacionarnos con el resto del mundo.
—Este que Escribe