La dignidad en el banquillo

Hay acontecimientos que logran poner en perspectiva los beneficios de mantenerse al margen de los partidos políticos —los cuales, he de mencionar con anticipación, no son pocos y tampoco menores—. Entre ellos podemos contar la privilegiada indiferencia ante los acontecimientos desastrosos que ponen en entredicho a más de una figura o movimiento nacional. Se llevan entre las patas a aquellos que se ven en la penosa necesidad de cumplir con sus obligaciones partidistas en detrimento de su dignidad. Hablo del apoyo indiscriminado a los candidatos y a las propuestas, pero, sobre todo, hago referencia al encubrimiento ciego y apresurado de las actividades ilícitas de los garbanzos negros de la banda. No pongo en duda que el valor esté presente, ni que la convicción falte; los inocentes nunca sobran y de ellos siempre se aprovechan, en especial cuando de llenar eventos o compensar la baja simpatía se trata.

¿Ya quién podemos culpar en una época decadente por su falta de vergüenza y no por el agravio de sus vicios?, ¿a los líderes o a los simpatizantes?

Los debates binarios de hoy en día se han transformado, en su mejor formato, en un «tu palabra contra la mía» y, en el peor de ellos, en la espera semanal de notas que golpeen al adversario para ir rotando al acusado en el banquillo. Desde Palacio Nacional se va jugando con la dinámica de defender a los propios mediante frustrantes respuestas e invalidaciones de argumentos que no son más que una burla, como las sonrisas y bromas que pretenden distraer la atención de los pecados del movimiento. Una mueca, en estos días, basta para deshacerse de una grave acusación —herencia del estilo presidencial anterior—. Y, por supuesto, surgen las acusaciones recíprocas; «cortina de humo», dirían algunos, aunque no con toda la razón. Tan pronto se levanta la oposición, en el norte les sale de entre las piedras la revirada perfecta para mantener los índices de aprobación exactamente donde deben estar.

Esta semana bastó la imputación contra el exgobernador panista por facilitar el huachicol fiscal de la mano de agentes aduanales y permisos malabaristas para recordar la enorme fragilidad de cualquier púlpito moral. La figura del histórico mandatario, salpicada por el tráfico de combustible desde la frontera, se convierte de inmediato en el escudo ideal del oficialismo y en el calvario de sus propios partidarios. Esos mismos simpatizantes que ayer exigían el peso de la ley, hoy se ven obligados a ensayar la pirueta del debido proceso o la sospechosa rutina del silencio.

El guion se repite con una simetría desoladora: la falta ya no importa por su gravedad legal ni por el daño a las arcas públicas, sino por su rendimiento en la conversación del día. El guion se repite con una simetría desoladora: la falta ya no importa por su gravedad legal ni por el daño a las arcas públicas, sino por su rendimiento en la conversación del día. El combustible robado de un lado limpia la corrupción del otro, y en esa fría contabilidad del cinismo, los únicos que terminan entregando la dignidad son los militantes de a pie. Ahí parados, bajo el sol, defendiendo lo posiblemente indefendible. Es ahí donde se agradecen los beneficios de ser mero observador, aunque el mal sabor de boca permanezca.

—Este que Escribe

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