Cruda de Mundial

El furor suele fastidiar, en especial cuando se logra prolongar por meses la intensidad con la que se arrancó. Un evento que arrastró, inclusive, a aquellos que nos contamos fuera de la esfera del interés futbolístico. Es imposible ignorar los goles cuando tienes los gritos en los oídos. Y no es por reafirmar una imagen «esteparia» inexistente o hacer de una incomodidad un suplicio. No. Tampoco se trata de celebrar el fin de un evento en aras de llamar la atención.

Siempre están de por medio las pláticas de taxi —para mi generación, de Uber—; más bien un trámite coloquial y aburrido que un momento de iluminación popular, como muchos pedantes de esos romanticones pretenden disfrutar. Se sale del trabajo con algo de prisa y se topa de cara con el tráfico, no fuera de lo convencional, pero sí un poco más que antes.

«Mucho tráfico», digo por mencionar algo, como bien pude decir «mucho calor». «Por el partido, joven», contesta él. Yo no sabía a qué alturas del Mundial nos encontrábamos, o qué partido estaba por jugarse, ni si ese trámite resultaba más engorroso para el conductor que para mí. Pensé en todos los pasajeros dedicados a discutir los encuentros y demás temas accesorios que desconozco, pero pude notar en su voz un leve arrastre de fastidio.

A su respuesta le siguió un monólogo que, hasta para mis estándares, me pareció odioso. Tenía algunos puntos acertados, pero exagerados, cerrando con el típico remate: «por eso estamos como estamos», todo girando alrededor del entusiasmo mundialista del mexicano. El viaje parecía eterno. De igual manera yo maldecía el tráfico, aunque por razones distintas a las del conductor: recordé de pronto a Nixon espantado por el fantasma del comunismo que manejaba un estrambótico taxi —ignoraba en su momento el título de la novela de Coover—.

El tipo al volante continuaba desgranando su sociología de semáforo: que si la gente vive anestesiada, que si el espectáculo oculta lo importante, que si los millones gastados debieron ir a otra parte. Hablaba con esa convicción violenta de quien pasa doce horas al día acumulando rencores contra el retrovisor. Afuera, la ciudad sumida en la efervescencia de camisetas de ocasión; adentro, la cabina transformada en un tribunal implacable.

Pero en todos hay un gurú, me dije, y me resigné a escuchar con cierta facilidad. Dentro de sus demandas absurdamente pedantes, concluí que tenía razón. ¿Y quién soy yo para darle la razón a alguien?, preguntará: nadie, contestaré.

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