Corajes mal digeridos entre palomitas
Suelo entusiasmarme ocasionalmente por alguna que otra novedad baladí, de esas que distraen la atención de los grandes pequeños problemas, insoportables y cotidianos, que aquejan a cualquier desventurado pelado como yo. Ya sea porque la cartera suele ser caprichosa, o más bien las deudas envidiosas, las escapadas se van espaciando en el calendario. Entre las actividades predilectas para los hambrientos de buen entretenimiento y presupuesto limitado se encuentra el cine; no requiere mucho esfuerzo presentarse a una función. Es de presupuesto razonable y distracción duradera, independientemente de la calidad de la película, cuyo recuerdo suele alimentar más de una conversación posterior.
Consecuentemente, debido al presupuesto, la planeación para disfrutar es milimétrica, fríamente calculada: se leen cuantas reseñas se puede —eso sí, si están disponibles y uno se puede fiar de ellas, ya que las modas del consumo rápido suelen viciar el criterio de los pedantes que se apresuran a encajar en el muro de conocedores ad hoc al gusto popular—; se miran los avances a sabiendas de que son más que engañosos, y se pregunta por aquí y por allá si es que tal o cual función vale la pena. Medidas que, he de precisar, suelen resultar insuficientes, pues siempre se depende del gusto ajeno, que en muchos casos suele ser el incorrecto.
Recuerdo, mientras tecleo, una columna dominical de Javier Marías, cargada —como era su costumbre— de un excelente sarcasmo. En ella mencionaba que solía leer a cierto crítico para prevenirse de todos aquellos contenidos que este elogiaba. Tal vez sea un excelente consejo para escoger la próxima serie o película.
Mas, si la historia es «nueva», uno puede tener un acercamiento más relajado —la mente abierta, como diría alguien— y se sienta a ver la pantalla sin un juicio preestablecido, sin nada más que esperar que lo prometido en los avances. Ya después están las películas de autor, y ahí se complica un poco la cosa, en especial si se es seguidor del director. Uno va esperando algo que logre sorprendernos como las entregas anteriores o, en el peor de los casos, se sienta en la sala un tanto nervioso por temor a la decepción. Pero como este tipo de cine suele ser la feliz excepción que casi nunca defrauda —y que, por ende, nos exime de esa milimétrica planeación defensiva—, bien puedo pasar de largo por él en esta columna.
Y tendría razón es señalar, que si un salida al cine me representa un «estrés», mejor me quedé a ver lo que ya conozco en mi casa. No dude usted que ya he tomado dicha medida, pero ver o releer las mismas cosas requiere de un desapego a la novedad cuasi budista. Por ahí se encuentra Borges.
Luego están las adaptaciones, que se sitúan un escalón adelante en nuestra planeación financiera y emocional: ya se «conoce» a los personajes, la historia de principio a fin, los giros que nos sorprendieron y las enseñanzas que aún nos duran —dependiendo, claro, de la calidad del formato original—. Ahí es más fácil desembolsar los centavos: «¡Eso ya me gusta!», piensa uno. Para luego toparse con las extravagantes decisiones del director imponiéndose a la obra. «¿Pero qué necesidad?», nos preguntamos entonces. Pero como todo en la vida, para disfrutar hay que hacer algunas concesiones.
Yo las hice cuando se anunció la nueva adaptación de La Odisea. Entendemos, por supuesto, que sea imposible calcar una obra al dar saltos de formato, y que el director, el elenco y cuantos pelados estén involucrados quieran dejar su propia pincelada. Sí, concedemos que los tiempos cambian y los gustos con ellos.
Irresponsablemente escribo esta columna sin haber visto la película; de ahí mi tediosa queja, derivación probable de mi propia indecisión. Al final, el verdadero conflicto no es con el director ni con sus extravagantes decisiones, sino con el peso de desembolsar esos centavos calculados milimétricamente. El estrés de la mala elección es tal que prefiero el refugio de la sospecha antes que el riesgo de la decepción. Así, mientras me decido a salir o no rumbo a la taquilla, me quedo en casa, al amparo de Borges, sabiendo que la única odisea que no cuesta —y que jamás defrauda— es la que ya tengo resuelta en el librero.
Y sin embargo, con toda seguridad les puedo decir que me presentaré, aunque algunos corajes mal digeridos entre palomitas me toque tragar en la función y sienta que me he defraudado gastando en ver a Jason Bourne y Spider-Man peleando contra Batman y Travis Scott.
—-Este que Escribe