El T-MEC y el rentable teatro de la inmediatez
De vez en cuando, uno cae víctima de la euforia momentánea, del amarillismo periodístico; una trampa tan efímera como la lectura del titular amañado, seguida de la decepcionante —y, de vez en cuando, tranquilizadora— búsqueda de información en el cuerpo de la nota. Es común, molesto e incluso fastidioso leer el periódico por esta razón. No le acuso novedad a mi queja, mucho menos trato de encontrar el hilo negro del financiamiento de los medios de comunicación o descubrir, por otra parte, las misteriosas intenciones de dichas tretas; para eso están los conspiranoicos, amigos de la procrastinación y el desvelo.
Por otra parte, es ensordecedor el fugaz alarmismo que acarrean esas lecturas rápidas de aquellos desafortunados incapaces de abrir la nota —si se lee de manera virtual— para verificar que no se trate de una falsa alarma, o de bajar la mirada para enterarse del subtítulo. Ya ni siquiera hablamos del riesgo de las fake news, un síntoma más de algún problema, seguramente sociológico, o de esa flojera intelectual tan de nuestro tiempo que prefiere el infarto estomacal de un encabezado estridente antes que la «fatiga» de contrastar los datos.
Como muestra, bastó un reciente comunicado por parte de la Casa Blanca para desatar la histeria. Se anunció con bombos y platillos apocalípticos una advertencia que, bajo una lectura minuciosa, ya se había masticado desde la primera campaña del mandatario estadounidense. El encabezado de última hora contrastaba burdamente con un contenido diluido: la retórica pasaba de ser un rotundo e intransigente «no», a un «no en las condiciones actuales». Al final, se emitió una postura meramente condicionada que resulta, encima, desfasada en cuanto al cumplimiento real de la amenaza; un amago viejo disfrazado de primicia que la prensa nacional devoró gustosa para vender un pánico artificial.
Me refiero, por supuesto, al estado actual del T-MEC. Mientras los titulares sentenciaban la muerte prematura de la certidumbre comercial, la realidad técnica del acuerdo se mantiene intacta en la letra chiquita: las reglas vigentes y el libre flujo están legalmente blindados hasta el año 2036. Lo que Washington activó no fue un interruptor de apagado, sino el protocolo normal de revisiones periódicas; una estrategia predecible de desgaste y extorsión calendarizada para mantener la mano en el cuello de sus socios comerciales. Sin embargo, en la tiranía del clic rápido, es más rentable sacudir el tipo de cambio con un susto que explicar que nos queda una década de colchón técnico.
Dentro de la ficción política que consumimos, todos resultan beneficiarios de los veloces consumibles informativos. Por una parte, la oposición obtiene combustible para alimentar su discurso; por otra, el oficialismo renueva su justificación para atacar a los medios, y el público se entretiene durante unos cuantos días con su espectáculo. Así, al final, en este teatro de la inmediatez, poco importa la realidad del comercio exterior; lo verdaderamente crucial es que la puesta en escena nunca se quede sin funciones.
—Este que Escribe