Campañas adelantadas: La vanidad detrás de la política ficción

No es novedad que algunos avispados decidan tomar ventaja para asegurar la victoria antes de iniciar la carrera electoral. Prueba de ello es la reciente desbandada en el Congreso de la Unión, donde 18 legisladores solicitaron licencia de manera casi simultánea para abandonar sus curules. Entre ellos, los hay disimulados: más inteligentes que el resto, se enfocan en los méritos y son lo suficientemente discretos como para no hacer ruido; van acumulando puntos en su currículum para presumirse cuando sea necesario y lanzarse cuando la situación lo demande. Si lo describimos de esa manera, podemos entender que se trate de un avance «estratégico», de escaños más bien partidistas-internos que externos y ofensivos, al menos en los estados de la república donde la alternancia suele ser una triste simulación, sintomática de la política ficción que aqueja a estos tiempos enfermos. Todavía, con cierto pudor, se trata de ganar terreno; todo al margen de la ley electoral, que es más bien un accesorio decorativo de nuestra supuesta civilidad institucional.

Y no sorprenden las campañas adelantadas; nunca lo han hecho. Inclusive me atrevería a señalar que la gente suele agitarse más y encontrar más ofensivas las ventas de temporada navideña adelantadas —en el mes patrio, por ejemplo— que el proselitismo fuera de tiempo. Ya estamos acostumbrados a las entrevistas pagadas que nadie pidió, a los muros rayados, a los comerciales sugestivos y, por supuesto, a las grandes sonrisas blancas libres de toda naturalidad. Se podría decir que son parte de las temporadas climáticas: así como llegan las lluvias o las hojas marrones, por ahí revolotea la lona de algún aspirante a presidente municipal, gobernador, senador o diputado… y sepa usted adivinar el resto de cargos.

Pero, como en todo, la sutileza se ha perdido: la decencia, o la vergüenza de los privilegiados que pueden ser votados. No trato de excusar las lamentables licencias mal merecidas de nuestros legisladores, o su ataque de contaminación visual y verbal —por ahí recuerdo la silueta de quien ahora es nuestra presidenta—, ni de exagerar los risibles TikToks, esperpento de una campaña mal trabajada. Lo que me parece indignante es que se nos pretenda, en años recientes, vender la idea inmediata de necesitar al candidato como un pseudo salvador. No importa que ya sean el producto masticado de un partido decadente —todos los partidos—, un dedazo más, un mero trámite de negociación, o la consecuencia de un pacto cupular que ya decidió por nosotros mucho antes de que se abran las urnas; aspectos que pocos parecen ignorar. No, ahora encima tenemos que aceptar la grandilocuencia de la figura impopular con ínfulas de influencer de redes sociales, que baila, canta y festeja los goles bajo la promesa de una buena convivencia. Ahora, además de obligarnos a participar en su ficción, hemos de pretender que son una maravilla. Y sé que nadie los obliga, que no es por su competitividad por la que se ven forzados a abandonar la profesionalidad; es por vanidad. Es esa misma vanidad la que los hace anunciar a todos, al margen de la ley, que participarán, o que en su defecto no lo harán; un acto que resulta, a mi parecer, sencillamente patético. Por eso los anuncios son cada vez más grandes, las lonas más coloridas y los bailes más exagerados. Ante la alarmante ausencia de sustancia, de propuestas viables y de un verdadero sentido del deber público, el político contemporáneo no tiene más remedio que apostar por el volumen y el destello. Al final, lo que presenciamos no es una competencia democrática, sino un burdo desfile de egolatrías financiadas donde la mayor victoria no es gobernar con dignidad, sino asegurarse de que nadie pueda apartar la mirada de su propio espectáculo.

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