Homo vides y la marcha de los apáticos
El problema con las marchas recientes en contra del gobierno —con el ejemplo fresco de la manifestación de la generación Z— es un desaprovechamiento garrafal. La visión y la unidad se desvanecen desde la convocatoria; las demandas, que rebosan de una preocupante validez —la inseguridad nacional, la economía estancada y el desprestigio de nuestras instituciones— terminan reducidas al recuerdo de movimientos ahogados en el magenta. La marea rosa y el conflicto con el Poder Judicial pueden dar fe del fenómeno. Y si bien es cierto que la descalificación nunca debería ocupar el centro de la discusión, suele ser la única respuesta consecuente que reciben quienes protestan: en cualquier país, extremo o partido, esa reacción acaba dominando por la indignación que provoca en participantes frustrados, convencidos de que su voz se diluye en una campaña mediática injusta. Y no hablo de los portavoces de los partidos; me refiero a ese sector crucial de la sociedad civil desencantado de su gobierno y, sobre todo, de sus representantes —la oposición—, que tiene el poder de cambiar al país con su voto.
«La descalificación nunca debería ocupar el centro de la discusión, pero suele ser la única respuesta que reciben quienes protestan.»
Entre los argumentos recurrentes que se esgrimen en situaciones como esta aparece el financiamiento, que siempre resulta extranjero; el acarreo, que infantiliza al contrario —basta recordar la penosa defensa reivindicadora de algunos opinadores afines a Morena, y que hoy prefieren olvidar—; y, por supuesto, la violencia, que se amplifica sin matices para alimentar la cantaleta, convirtiéndose en la única réplica utilitaria para los medios. Los tres argumentos se repiten en la boca o la pluma de cualquier defensor morenista.
Pero, como dije, el problema real está en la falta de aprovechamiento. Y con esto no hago apología a la indignante capitalización política de las tragedias, como ocurrió en su momento con el caso de los 43 —talón de Aquiles de EPN y del «neo» priismo—. Hoy ese lugar de mártir, emblema de una nueva bandera, lo ocupa Carlos Manzo: un detonante que logró conectar con una juventud desinformada y alejada de la política. Su reacción, quizá explicable, responde a un hartazgo acumulado. ¿Fue natural y fiel a su convocatoria la manifestación? Creo que todos hemos formado ya una opinión, y por eso no responderé la pregunta. Jóvenes o no, entre todas las interrogantes, hay una que destaca: ¿qué puede hacer una juventud incapaz —o incapacitada— para contribuir políticamente?
El desinterés de mi generación es hoy más evidente que nunca. Su educación y su alejamiento —que por vergüenza se ha disfrazado de «apolítico»— dejaron tras de sí un collage esperpéntico de lo que una marcha juvenil debería representar. ¿De verdad tenemos jóvenes más despiertos? Siete años de sumisión, pacifismo electoral e indiferencia nacional parecen indicar lo contrario. Comentarios fuera de lugar y consignas apresuradas —por no decir improvisadas— acompañaron la jornada. Pero el mensaje está ahí, y lo que se adivina como un punto de inflexión incómodo para la administración de CSP: un golpe que representa, para una izquierda que se asume heredera de la movilización social, el descontento de un sector que históricamente se ha formado en sus bases naturales.
A esta inquietud se suma una preocupación que ya advertía Giovanni Sartori en Homo videns: la degradación del razonamiento crítico en generaciones formadas más por la imagen que por la reflexión. Si su diagnóstico era alarmante entonces, hoy se vuelve casi profético. ¿Cómo hará política una juventud cada vez más desprovista de las herramientas deliberativas mínimas? La protesta reciente, con todo y su potencia simbólica, exhibe también esa fragilidad: un impulso legítimo, sí, pero construido sobre una formación política precaria, mediada por pantallas que simplifican hasta la exasperación y que sustituyen la argumentación por el impacto visual.
«¿Qué puede hacer una juventud incapaz —o incapacitada— para contribuir políticamente?»
Solo el tiempo dirá quién tiene la perspicacia suficiente —y un pasado lo bastante limpio— para capitalizar el descontento y llegar a las elecciones con el electorado necesario para, al fin, dar vuelta a la página. Al final, la marcha queda como un gesto suspendido: un intento de despertar que todavía no aprende a hablar su propio idioma. Si no encuentra dirección, el país volverá a lo mismo de siempre: voces jóvenes que se extinguen en el aire, consignas escritas en humo. Pero esa fragilidad también abre una grieta política que cualquiera podría intentar aprovechar; solo quien comprenda su origen —y no lo trivialice— podrá convertirla en una fuerza electoral real. No bastan el oportunismo ni la consigna fácil: hace falta reconstruir la confianza rota y ofrecer un proyecto que hable con honestidad a una generación que ya no cree en nadie.
«Solo el tiempo dirá quién tiene la perspicacia —y un pasado lo bastante limpio— para capitalizar el descontento.»
El desafío es enorme: capitalizar el hartazgo sin traicionarlo. Y ahí, en esa tensión entre el ruido y la posibilidad, veremos quién está preparado para transformar esta sacudida juvenil en algo más que un instante de furia: en el comienzo, quizá, de un país distinto.
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Un estudiante