El regreso de México a la política exterior

Si algún avance puede presumirse —y, me atrevo a decir, celebrarse— al comparar este sexenio con el anterior, es el salto cualitativo que ha devuelto a México a la vida internacional como un actor funcional, capaz de participar en la política global con la seriedad que exige su posición.

«Abandonado» no es un adjetivo excesivo, sino preciso, para describir la política exterior mexicana durante la administración de Andrés Manuel López Obrador. Y si algo comienza a quedar claro con la actuación sobria y firme de la presidenta Claudia Sheinbaum, es que el distanciamiento respecto de su antecesor se va delineando —discreto, pero constante— en el terreno internacional.

«México no solo ha vuelto a la escena internacional: ha dejado atrás la tentación de convertir la política exterior en espectáculo»

México vuelve a participar sin ocurrencias como las llamadas «relaciones pausadas» con España, o episodios de confrontación estéril como el desencuentro con Quito, hoy ya relegado al olvido. Queda atrás, al menos en apariencia, esa inclinación por la estridencia simbólica que confundía gesto con política de Estado.

Ahora bien, conviene no caer en triunfalismos prematuros. Que los avances sean evidentes no significa que el objetivo esté alcanzado. México ha regresado al escenario internacional, sí, pero aún está lejos de ejercer la influencia consistente, estratégica y sostenida que su peso económico, geográfico y cultural le permitiría. Volver no equivale, necesariamente, a incidir.

«Volver no es suficiente; incidir exige dirección, constancia y costo político»

En ese sentido, el verdadero desafío no es únicamente retomar la presencia diplomática, sino dotarla de dirección. Participar implica asumir costos, fijar prioridades y sostener posiciones incluso cuando estas resultan incómodas. Una política exterior madura no se define por la cantidad de foros a los que se asiste, sino por la claridad de los intereses que se defienden y la coherencia con la que se sostienen.

Sin embargo, este regreso —también simbólico— a España, tras años de desencuentros y terquedades históricas recíprocas —tan persistentes como irritantes—, nos encamina de nuevo hacia una política exterior más seria. Se mantiene, desde luego, una línea ideológica reconocible; pero los reclamos, ahora encauzados por el lenguaje diplomático, dejan de ser instrumentos de confrontación interna para convertirse en posiciones que, al menos, buscan interlocución. No es menor la diferencia: la forma, en política exterior, también es fondo.

El reto, sin embargo, no consiste únicamente en hablar mejor, sino en actuar con coherencia. Porque si México aspira a ser algo más que un participante correcto —si pretende incidir—, deberá sostener esta sobriedad más allá del gesto y convertirla en estrategia.

Un discurso cargado de mensajes explícitos y señalamientos directos; una postura firme, pero equilibrada. Queda, por supuesto, abierto el debate sobre las banderas que enarbola la presidenta Claudia Sheinbaum. Pero en un país con una arraigada vocación nacionalista como México, difícilmente será un mensaje que no encuentre eco.

«La forma importa, pero la credibilidad internacional se construye con coherencia sostenida, no con gestos aislados»

Ahí radica, acaso, su mayor fortaleza —y también su principal riesgo—: en la capacidad de conciliar convicción interna con credibilidad externa. Porque la política exterior no se mide solo por la contundencia del discurso, sino por la confianza que logra generar. Y en ese terreno, más exigente y menos complaciente, es donde esta nueva etapa habrá de ponerse verdaderamente a prueba.

—Este que escribe

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