El festín de las cenizas: Teotihuacán y la miseria ideológica

Nota del autor: A propósito del reciente atentado en Teotihuacán, donde la tragedia se ha visto eclipsada por el ruido de la polarización.

Los debates ideológicos binarios no dejan de sorprender por su terquedad e intrascendencia, insuficientes para analizar y culminar con una explicación coherente —por no decir convincente— que no satisfaga solo a los hambrientos de pan y circo.

Inocentes en su formulación y viles en su intención: descripción precisa de los fenómenos coyunturales, hijos de las redes sociales. Siempre sobrevolando la tragedia para opinar sin cuidado. Desde los lamentables accidentes y la violencia cotidiana —no por eso menos dolorosa— hasta el infortunio ajeno y las tragedias nacionales. ¡Al pie del cañón! ¡Dueños de las verdades absolutas y las certezas sociales!, ¡apunten y disparen! Disparen hasta que se olvide el tema que tratan, hasta que se pierdan en el collage de incoherencias, convenientes y serviles —solo— a cada una de sus metas laborales. Ya sean políticos en la carrera electoral o seudoanalistas de ocasión: cada quien con su "pancho", indiferentes a las víctimas que se van acumulando en algún lugar que pretenden olvidar, si sirve para aventar piedras al contrario.

Es más cómodo dejar de lado a los fallecidos; esos incomodan, esos no pueden votar. Mejor buscamos responsables, y si no se pueden defender, mejor. Se disfrazan de sugerencias los tomatazos provocadores, los insultos: desfachateces tercas y contrariadas como sus portadores. Y tal vez sean involuntarios aquellos seguidores acostumbrados a sumarse a su respectivo rebaño.

Ya es difícil sorprenderse en un país como este, acostumbrado a la violencia y el derramamiento de sangre. Aunque se le quieran achacar todos los males al gobierno en turno, local o federal —sea este o uno anterior—, parecen olvidar nuestra cruenta historia. Pero en días recientes, el atentado en Teotihuacán, que ejemplifica el fenómeno a la perfección, logró sacudir ciertas membranas; tal vez no por las cifras —que nunca serán menores—, pero sí por la naturaleza del acontecimiento.

Un tirador solitario ávido —como el resto de su calaña— de llamar la atención. Tan sencillo y complicado como eso. Rápidamente —probablemente para su agrado— se transformó en una consigna ideológica que engrandeció su cobardía para trastornarla en un acto de manifestación.

¿Qué importa si el tirador era de izquierda o derecha? ¿Acaso, si se le endosa el asesino a un grupo, se exime al contrario de cualquier mal? ¿Son acaso tan importantes los pósters que colgaba en sus paredes, las sandeces que exclamó o la camisa que vistió? Influyen, sí, pero no tanto como se quisiera.

Se sustituye el análisis por la etiqueta. Se renuncia a comprender para, en su lugar, clasificar. He leído —como tantos— a quienes denuncian una supuesta “polarización social”. Y tendrían razón si no fuera porque acompañan su diagnóstico con el mismo veneno que dicen combatir. ¿No la alimentan ellos mismos?

La culpa —dicen— es de los “zurdos” o de los “fachos” de mierda. Y, acto seguido, llaman a terminar con la polarización. Notable lección de coherencia. Cabe entonces preguntarse: ¿qué se consigue con ello?, ¿qué se pretende? ¿Que, en un arrebato de lucidez, alguno levante la mano y acepte dócilmente la etiqueta? ¿Que la realidad, por fin, se ajuste a la consigna?

Nada de eso ocurre. Lo único que se logra es empobrecer la conversación pública hasta volverla irreconocible: un intercambio de descalificaciones donde el argumento sobra y la estridencia basta. Basta hasta que la siguiente tragedia se asoma y el debate se reanuda; mientras tanto, los muertos por ahí van quedando, y las exigencias que deberían hacerse, los llamamientos al gobierno y a las autoridades, se van acumulando en el olvido con ellos.

—Este que escribe

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