Transformaciones de papel
¿Hasta qué punto —me pregunté esta semana— puede cargarse de inocencia un acto con el propósito de encubrirlo? Siempre hay una coartada disponible: un descuido, se dirá; una pequeñez exagerada; o, la más cómoda de todas, una intención que nunca fue tal. Lo cierto es que ya son demasiados los deslices de la clase política que se normalizan y se minimizan hasta volverse paisaje. Abundan los escándalos que terminan por opacar la solemnidad de nuestras instituciones y, lo más grave, comportamientos tan condenables como hipócritas que, con el paso de los días, comienzan a dejar de importar.
Esta lógica se ejemplificó con claridad el pasado cinco de febrero, cuando el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación —quien, al parecer, se siente cómodo en ese tipo de escenas— permitió que dos de sus asesores se hincaran para limpiarle los zapatos. El gesto no solo contradice la narrativa de austeridad y cercanía que tanto se ha enarbolado desde el poder, sino que resulta particularmente desafortunado en una fecha de profundo significado cívico y simbólico.
«Ya son demasiados los deslices de la clase política que se normalizan y se minimizan hasta volverse paisaje»
El episodio manchó una conmemoración fundamental: la de nuestra Constitución, documento que representa la victoria de una revolución cruenta y que marcó un nuevo comienzo en la interminable lucha —siempre tensa, siempre incompleta— por los derechos y las libertades. No se trata de un asunto menor ni de una anécdota trivial, sino de la erosión silenciosa de los símbolos que sostienen a la República.
«No se trata de un asunto menor ni de una anécdota trivial, sino de la erosión silenciosa de los símbolos que sostienen a la República»
Y sí, es importante —muy importante— aunque se pretenda recurrir a la retórica partidista para sostener lo contrario. No hay exageración alguna. Tampoco es justo que se silencien las voces de un gremio que difícilmente se recuperará pronto de la bota en el cuello, adjudicándole prejuicios inexistentes. Entre peroratas donde los privilegios abundan y, contradictoriamente, las desigualdades también, el sector de abogados que aspiraba con esperanza a la carrera judicial terminó salpicado de calumnias que, como bien se ha dicho, tiznan. En este caso a trabajadores que muchos de ellos dicen defender, y que hoy en día se han quedado con la puerta cerrada, víctimas de su peligrosa ingeniería social
Lo paradójico es que, con cada nuevo desliz, se vuelve más difícil sostener esas acusaciones grandilocuentes. Cada pequeño escándalo protagonizado por el ministro presidente de la Corte, Hugo Aguilar Ortiz —quien tiene quien le limpie los zapatos cuando desciende de su camioneta— no hace sino profundizar la distancia entre el discurso moralizante y una realidad que lo desmiente.
«Cuando la indulgencia se vuelve costumbre y la indignación se dosifica, el poder aprende que todo es tolerable»
Porque no se trata de zapatos ni de gestos aislados, sino de lo que representan. Las instituciones no se degradan únicamente cuando se vulnera la ley, sino cuando quienes las encabezan trivializan el peso simbólico de su investidura. El problema no es la exageración de la crítica, sino la normalización del desliz: cuando la indulgencia se vuelve costumbre y la indignación se dosifica, el poder aprende que todo es tolerable. Y entonces, poco a poco, la solemnidad constitucional se reduce a un acto protocolario, vacío de sentido y de autoridad moral.
—Un Estudiante