La renovación que incomoda a los suyos

La impositiva figura, ahora destituida, de Marx Arriaga Navarro parece dibujarse como la caricatura de un individuo que ha dejado de serlo: colectivizado, enfermo de ideología y orgulloso de los errores que confunde con victorias. Un funcionario mediocre que, amparado por el favor de un movimiento al que pertenece por excelencia —el obradorato—, que intentó resistirse a la transformación interna de su propio partido, esa que comienza a reconocer, con correcciones incómodas pero necesarias, los excesos de su primer piso.

«Colectivizado, enfermo de ideología y orgulloso de los errores que confunde con victorias»

En suma, todo parece ser síntoma de una renovación —si es que se le puede llamar así, pues de novedosa tiene poco— estructural. Personajes incómodos como el propio Arriaga, o el antiguo coordinador del Senado, Adán Augusto López Hernández, por mencionar los casos más recientes, han mantenido a la confiada crema y nata —que acaso ya se sabía asegurada para un sexenio de certidumbres laborales— al borde del asiento, tentada siempre por el gesto altisonante y la deslealtad preventiva hacia la presidencia que dicen proteger desde la unidad.

Son esos cambios —como la anunciada pero aún no formalizada reforma electoral— cuyos simples esbozos han bastado para provocar disgustos y ataques a la mano que los sostuvo, los que permiten presagiar una purga silenciosa, dentro de lo políticamente posible. Tenemos, por ejemplo, el risible —por lo absurdo de su argumentación— caso del hermano Monreal, hoy uno de los perfiles más incómodos para Morena. Indignado por asumirse «víctima» del nepotismo, olvida que fue él mismo quien aprobó las reformas destinadas a combatirlo. La paradoja se vuelve más evidente si se recuerda que el actual gobernador de Zacatecas pertenece a su propia familia. Critica ahora las reglas que avaló cuando no parecían afectarle; denuncia como agravio personal lo que antes defendió como virtud institucional.

«Denuncia como agravio personal lo que antes defendió como virtud institucional»

¿Será, acaso, que la gubernatura de Zacatecas ya no figura en el horizonte familiar con la misma nitidez de antes? ¿O que la disciplina partidista pesa menos cuando no viene acompañada de una compensación política tangible?

Y ahora, un personaje despreciable en todos los sentidos —como el anterior, aunque se resista a asumir la realidad de su situación—, quien fuera Director General de Materiales Educativos, y que se negó categóricamente a corregir su trabajo, decide acusar de traición sin medir la gravedad de sus palabras, aun cuando sobre él pesan señalamientos de corrupción.

Un obstáculo para la educación de este país. Un hombre que, desde sus propias valoraciones y una moralidad contrariada, impuso su ideología por encima de las responsabilidades inherentes a su cargo.

Ya no quedan dudas de que, desde la Presidencia, se ha emprendido un esfuerzo por subsanar los daños causados a sectores que estuvieron al borde del deterioro estructural, como la seguridad y la educación. Y aunque pese a los descarriados —que se autoproclaman parte indispensable de la historia—, las comodidades partidistas han dejado de ser una certeza. La disciplina vuelve cuando el proyecto decide sobrevivirse a sí mismo.

«Las comodidades partidistas han dejado de ser una certeza»

—Un Estudiante

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